ÍNDICE

Página 1

De la escritora

Bibliografía

Reconocimientos

Bibliografía Pasiva

Actividades
culturales

Algo más...

Contacto

  

BIBLIOGRAFÍA PASIVA-TEXTOS

Los textos que se incluyen, seleccionados de BIBLIOGRAFÍA PASIVA-ÍNDICE, son parte de la memorabilia donada al Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami. Todos y cada uno de los trabajos aparecen aquí tal y como fueron recibidos, con excepción del formato, alterado para mantener la uniformidad. Se obviaron también notas y bibliografías consultadas que aparecen en algunos de ellos. Los textos escogidos responden al propósito de incluir un solo trabajo de cada autor, y de éstos, algunos de los que ofrecen una mirada circular a mi poesía (Aldaya, Cuadra, González Montes), y de los que ahondan en uno u otro de mis libros.


ALDAYA, ALICIA G.R.- Profesora, ensayista. University of New Orleans.

Sobre la poesía de Amelia del Castillo
"Monographic Review". Vol VI-1991.

La ya extensa obra poética de Amelia del Castillo la acredita como una de las voces más genuinas y valiosas de la lírica hispanoamericana. Ha publicado Urdimbre (1975), Voces de silencio (1978), Cauce de tiempo (1981), y en excepcional tránsito de otoño a primavera por la magia de la casualidad, Agua y espejos (1986); muy joven, la escritora ya intuye, "el dolor inédito" de las desgarraduras e interroga en uno de sus versos: "¿Sabes si el viento largo quebrará mis alas?" Aún sigue sin publicar Las aristas desnudas, poemas que marcan la culminación de su madurez existencial y artística. El intervalo de años entre la publicación de los poemarios, sugiere la deliberada espera para dejar que su arte como el buen vino, añejase. Amelia del Castillo posee esa cualidad tan estimada por Rafael Marquina: la humilde sapiencia del orgullo que gusta le exijan lo maestro. Es decir, el decursar irremplazable del tiempo, y el hacer de exigente jardinera, talando de su obra, lo superfluo.

Aunque se prefiera valorar la producción poética a determinar escuelas y colocar rótulos clasificadores, resulta obvio que la obra de esta escritora es poesía testimonial del ser; y según la definición de Dámaso Alonso, poesía desarraigada. Es manifestación estética, expresión de un desasosiego vital, la que surge "allí donde un hombre se siente solidario del desnorte, de la desolación universal.
La hablante lírica sensible ante el amor, ante el diáfano misterio del tiempo, consciente del atrayente enigma de los caminos unidos a la inevitable nostalgia por los ya recorridos, y añorando otros no transitados aún; y fascinada por el silencio, se expresa en recurrentes imágenes y símbolos, de los que se vale para reflejar y dilucidar complejidad de sentimientos o sensaciones, o mejor aún para crear. Afirma Carlos Bousoño que el hombre en situación de espontaneidad tiende a la simbolización, puesto que tiende a vivir, no desde la razón, sino desde las emociones.

Una delicada religiosidad orienta a Amelia del Castillo en la búsqueda de Dios. A veces, como es frecuente en la lírica hispanoamericana, la religiosidad adquiere matices panteístas, suscitados por el sensual paisaje de su isla, reiteradamente evocada: concreción circunstancial que marca muchos de sus poemas. Catalista y bálsamo de la nostalgia, la naturaleza de Cuba es sentido elemento en los versos de esta escritora.
Si Amelia del Castillo no tiene una simbología cromática personal, hay en sus poemas un predominio del verde y el azul; colores de la vegetación, del cielo y el mar, y propios de la nostalgia de quien añora el paisaje cubano verdiazul. A veces, surge la voz tenue del gris cansado y taciturno. Por contraste, usa el blanco y el negro en sus connotaciones de pureza y desdicha. Havelock Ellis valora el predominio del azul y el verde para identificar al escritor como poeta de la naturaleza, y añade donde quiera que esté la presencia de los colores negro y blanco: "Allí encontraremos al poeta cantando, por decirlo así, con ojos cerrados y absorto en su propia visión interior".

Tiene esta poetisa la imaginación de los contrastes, siempre generadores de belleza, de ahí lo acertado del juicio de Hernández Miyares al señalar la "rara y atrayente polaridad de su poesía. Una claridad sugerente y un misterioso ocultamiento que la hacen mantener siempre latente un "algo" que no sabemos descifrar". Explícitamente, Lucas Lamadrid precisa en la poesía de Amelia del Castillo: "el misterioso trajín de la sensibilidad entre lo palpable y lo inmaterial, la realidad y el sueño, el instinto y el espíritu".
Exenta de toda grandilocuencia, como en la buena poesía contempóranea, y en lograda sinestesia, sencillamente se expresa: "Huele a yerba y a fruta, y a jazmines, a limpio y a dulzura". Lejos de los crípticos "ismos" vanguardistas, la obra de esta poetisa ostenta peculiar lucidez, aunque se percibe en ella fluctuación de movimientos contrarios; regresivos, en un ir atrás en lo temporal y en el espacio físico, o un anticiparse al porvenir incierto; en el tránsito del desaliento a la esperanza o de la dicha al desencanto. Ir y venir del que surge la poesía, aunque no siempre renazca la ilusión. Como en estos versos que dolorosamente se remansan:

Sombrío los jardines de mi otoño,
estéril la semilla de mi huerto,
hoy me busco en las sombras de mi sombra
y en la búsqueda paso y sólo encuentro
la nada que regresa de la nada
y el silencio que vuelve hacia el silencio.
(V.S.)

Reiteración es el subrayar que los aciertos desde el punto de vista imaginativo, más la concreción circunstancial, la estructura idónea de los poemas, y una marcada tendencia a la síntesis, se integran en esta obra muy personal. Sabido es también que la nueva realidad creada es incognoscible sino a través del arte, porque es la realidad de la fantasía, hecha de concepciones, sentires, emociones y vivencias del escritor, es realidad gestada desde las honduras ocultas de su ser. Es la poesía, ajena a lo que se llama "fidelidad a lo real" "lo que nos instala en el doble imaginativo o fantástico de toda realidad". Además, el subjetivismo en la poesía de Amelia del Castillo es púdico, dado a la sugerencia; y se vale de soportes objetivos para el trasvasamiento de emociones. Por otra parte, el necesariamente frío análisis crítico se enfrenta a esta certidumbre, señalada por Octavio Paz. "El decir poético no es un querer decir sino un decir irrevocable" y añade: "Toda imagen poética es inexplicable, simplemente es." Sin embargo, la recepción de la poesía como bien señala Juan Ferraté, es un despertar de evocaciones y afanes con nexos varios e imprevisibles en la intimidad de cada uno. Inevitablemente el lector crítico "interpreta en los términos de su experiencia personal la formalización en que consiste el arte".

Entre los signos y los símbolos claves recurrentes en la obra poética de Amelia del Castillo, entregados en variaciones expresivas, sobresalen silencio, tiempo y caminos. Presente con ellos, la nostalgia que suscita el decursar del tiempo, y esa perturbadora e inquietante sensación por lo inefable dejado atrás en la jornada existencial. La certeza de un aún efímero e inasible es el hoy, coadyuva a la añoranza. En verso transparente, la poetisa analiza: "… cuando sudan tristezas mis caminos y me empino doliéndome de tiempo."
Humberto Piñera, al notar en cuántos poemas de esta escritora su yo lírico sustenta la perentoria presencia del tiempo, expone: "Recuerdo y sobre todo nostalgia, son los modos del reitegro al cauce original, o sea al tiempo, de vuelta ya de esas mil y una escapadas en un ámbito que, como el poético, por ser circular, nos devuelve al punto de partida".
Sobre el tiempo, enemigo implacable o momentáneo amigo, la poetisa escribe:

¡Cómo me llama el tiempo que no ha sido!
A él voy como al regreso.
Como la mar al río.
(C.T.)

Eco fiel, en lo conceptual, de un verso de Dulce María Loynaz: "Vengo de un ayer sin riberas que es hoy todavía o que no fue nunca". En otro verso, escudriña el futuro, pero concluye: "no sé por qué caminos ni en qué auroras/ se escaparán mis pájaros de tiempo". El hoy, realidad presente indetenible, la que rápidamente se pierde, aparece y reaparece en los poemas de Amelia del Castillo. Responsable y solidaria escribe:

Hoy está nevándole al hombre su agonía
y nadie se da cuenta.
Se alimenta la paz
con cápsulas de muerte,
la estupidez con palabras digeridas
y hay niños con el hambre suelta
y hay viejos arañando vida.
(C.T.)

Más personal y con poética sabiduría escribe del ayer:

Hoy dibujé en la noche tu recuerdo
y en el recuerdo escamas del ayer.
Hoy ya no es hoy ni yo la misma
Sólo es la noche.
(A.E.)

En constante y joven eclosión vital, confiesa:

Hoy que tengo fiesta de palabras
y panal de anhelos,
que hay espejos intactos sonriéndome,
déjame amor
probar mis alas.
(A.E.)

Mas lo vivido le dicta:

Déjame.
Déjame hoy con mi sinprisa.
Con este volver a mí por el camino
de todas las palabras que no dije,
de todo el corazón que me he negado
cuando, con prisa, quiser ser.
(C.T.)

En sugerencia maestra, una inesperada dolorosa conclusión:

Hoy el tiempo se duerme en los rincones
para soñar caminos de ternura.
¡Qué importa que aleteen ilusiones
si en las alas hay nieve
y en el vuelo jirones de negrura!
(V.S.)

Del ayer que no existe, recuerda: "Ayer me florecí de besos/ para ser mañana más que yo." Y en inútil esfuerzo de recuperar el ayer, lo evoca:

Ayer.
Cuando yo era,
cuando tú estabas,
Ayer…¡Qué pequeña palabra.
(A.E.)

Del vivir cotidiano, y de la poesía, ajena a ese vivir, esta lograda estrofa.

Hoy tengo el alma niña y la razón cansada,
hoy no sé si ya he sido
o si seré mañana.
Hoy me llegas, Señor,
desde tu ausencia,
desde el ayer exacto.
Y se achican mis brazos y se agranda
la vertical angustia de mi ausencia.
(C.T.)

Con sabia implicación escribe: "Hoy tengo abiertas ansias de encontrar la caricia/ que me bese por dentro," y elucida, …"la que aflora detrás de la pupila/ y se da en un silencio". En versos precisos insiste: "Hoy quisiera arrancarle un pedazo a la alegría" y en otros, recoge un dinámico anhelo de evasión, y esta enumeración definidora:

Hoy yo quiero ser mar,
gaviota, enredadera,
espuma, música, destello.
(C.T.)

No tiene Amelia del Castillo prejuicios racionalistas y, poeta contemporánea, afirma mediante su yo lírico,

No me ofrezcas verdades. Las verdades me sobran.
Mi espera es una pausa vestida de recuerdos,
es un hilo de angustias.
Un camino sin verdes donde las sombras callan,
donde crece el silencio.
(V.S.)

El silencio en la poesía de Amelia del Castillo es más que un repetido desvelo lírico; es elemento importante dentro de la variada temática de esta escritora. Aparece en acepciones desiguales. Tal vez su más explícita valoración del mismo se halle en esta estrofa:

Son míos los rincones de silencio
donde se esconde el alma
a entretejer su mundo imaginario:
donde el ayer no existe, el hoy se pierde
y el mañana es sueño visionario.
(V.S.)

o en estas imágenes: "que es campana el silencio/ y mariposa amiga la tristeza…" (Otros versos conllevan nihilistas sugerencias: "De la nada viajo hacia la nada/ hacia el silencio voy desde el silencio"). En metáforas precisas transcribe:

Porque mi vida empieza en el silencio
de todo lo que callo sin olvido;
porque el silencio es hambre y la palabra
es flecha y pez y pájaro extraviado.
(C.T.)

Silencio que en el yo lírico es infundado temor de no saber decir lo mucho que se calla, o mejor aún, la certeza de lo inapresable, a pesar de las palabras. Así escribe:

Callo, y fecundan el silencio
palomas de ilusión que se inquietan
y pájaros dormidos que despiertan.
Callo,
estrujando las voces que se rebelan dentro.
(V.S.)

La definición de la vida según Ortega como "fluído indócil que no se deja retener, salvar, pues mientras va siendo, va dejando de ser inmediatamente", puede fácilmente aplicarse al viajar todos o cualquier camino. Como símbolo de viaje, vida y caminos tradicionalmente se identifican. Amelia del Castillo, también elige el camino, como imagen vinculada al recorrido vital del hombre.
En Voces de silencio afirma el yo lírico: "Han marcado mis pies muchos caminos," y en Cauce de tiempo expresa: "siénteme gastada de caminos, rica de sombras y de luz madura". Es el mismo “áspero camino” de Machado, el gran poeta, siempre asociado a la imagen del sendero y de la tarde.

En otros poemas, la protagonista lírica anhela "…abrirse a caminos inéditos, a niños mares…" o vacilante expresa: "¡Qué caminos de ideas y música y palabras/ si me atreviera!".
Como Machado… conoce los caminos de los sueños y complacida, recuerda y crea: "…soñé caminos de luz"…
Esta reiteración de su afán de recorrer largos caminos o inéditos caminos, "Caminos silenciados a la espera de siempre", o significativos por la presencia de "tu ausencia" o de "mi ausencia", determina en muchos poemas variantes de rumbo y dirección lo que contribuye a una sensación de movilidad palpitante (radicalmente opuesta al estatismo) fuerza dinámica de la poesía.
Es decir, la significación de estos caminos de Amelia del Castillo va más allá de la acepción cotidiana y habitual para enriquecerse, mientras la hablante lírica también recorre el camino de la soledad: "ese camino largo, ajeno y siempre mío". Juan Ferrate señala certeramente "la poesía, y como ella toda creación del hombre podría describirse muy precisamente como una peculiar experiencia de la soledad" y en Amelia del Castillo la soledad es "fragua de silencios" porque "siempre habrá soledad para aquellos dignos de ella." (J.A. Barbey d´Auabervilly).

Se observan en la poesía de Amelia del Castillo sutiles influencias de la lírica de Dulce María Loynaz. Ecos que no debilitan su inconfundible voz poética. Ambas poetisas coinciden en la búsqueda de una expresión más depurada y hay coincidencias temáticas: el amor (en las dos, eros y ágape), una ambiciosa aspiración de alcanzar estrellas, de estrenar alturas; una solidaridad hacia los desvalidos, los humildes, los desposeídos del mundo; la nostalgia por los caminos donde quedó parte de la vida, y la búsqueda de Dios, llena de franciscana humildad, guiada por la esperanza de dialogar con Él y comprender. También hay en las dos poetisas un intento de diálogo con un "tú". No logran respuesta, porque ese "tú" no acierta a entender cabalmente las inquietantes sutilezas del pensar y del sentir. El diálogo devieneen insatisfecho monólogo. Interrogan a la sombra, al mismo yo, en desdoblamiento que aspira a la distancia psíquica, en difícil empeño de dilucidar ideas del alma, razones existenciales.
Coinciden en el uso de algunos recursos estilísticos. Poemas que son soliloquios, otros, adoptan forma dialogada. El uso de los puntos suspensivos es rasgo distintivo de ambas para dotar de voz y fuerza a lo callado; o sea en su indeterminación, sugerir una multiciplidad de sentidos -sin imponer el sentido último o único de lo expresado. Coinciden, en la expresión mesurada y enérgica. La obra de ambas poetisas es la antítesis de la grandilocuencia y el sentimentalismo. Ningún poema es el "acta notarial" de un incidente, ni insulsa hojarasca de palabras.

En la semejanza que ofrecen poemas de las dos escritoras, más que la similitud del contenido, o el paralelismo formal, o la afinidad del tono, las une algo inefable que no es ni contenido ni forma. Misterios de la poesía. Cotejemos para ilustrar algunos estrofas y versos.

Dulce María Loynaz, al dirigirse a Dios, le interroga:

Dime, Señor, en forma que lo entienda
que hago yo en esta hora sobre la tierra
con mi desesperada esperanza. (O.L)

Amelia del Castillo siente similar deseserada esperanza y ruega:

Señor,
déjame ser más que yo misma
para que a ciegas,
sin saber,
llegue hasta ti
y baste.
(C.T.)

Ambas poetisas atesoran el silencio. Dulce María explícita señala:

La vida pasa abajo vestida de palabras.
La pena perseguida se esconde y calla
y calla. (O.L)

Mientras, Amelia del Castillo retóricamente interroga:

¿Qué hago yo que sólo tengo palabras por callar? (V.S.)

La poesía de Amelia del Castillo suprime la anécdota, exenta de intoxicación verbalista, "en flor de hueso", rica en posibilidades comunicativas, y logra que borradas las palabras, persista la fruición estética "en el silencio del galopar insomne de un latido" o tal vez, sea algo más: como "velero de añoranzas" “que surca tempestades sin anclaje de tiempo” .
El extraordinario poeta Gastón Baquero explica: "El vasto misterio de la poesía admite -y acaso también necesite- la palabra testimonial de cuantos la amen, la cultiven y la reconozcan como avanzada y confesión, en lenguaje de belleza, de la historia profunda y exacta del hombre y de la época." Esta es mi palabra testimonial.

ÁLVAREZ BRAVO, ARMANDO.- Poeta, ensayista, columnista.
Miembro de la Academia Cubana de la Lengua y de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Presentación de Géminis deshabitado.
Ediciones Universal, Miami, Florida
22 de octubre de 1994.

Es difícil presentar un libro porque, en definitiva, uno está tratando –al menos en mi caso– de reescribir desde el propio punto de vista la obra que está leyendo y comentando. Es decir, se convierte en una especie de papel en blanco con algunos oscuros signos que queremos rediseñar. Es notoria la constancia poética de Amelia; es notoria también la limpieza y belleza que ha procurado en el uso del lenguaje poético. Y es precisamente en el juego entre constancia y belleza donde su poesía va ganando madurez. Al final, y esto se descubre bien tarde, la poesía es nada más que reeleboración de la experiencia, y quizás, un modelo ideal de lo posible que es lo imposible.

Este libro, Géminis Deshabitado, está marcado por esa voluntad de exploración de una experiencia muy asimilada en busca de un diseño personal, definitivo, tanto en el día tras día, como en el uso de la palabra, tan importante en la poesía.
Creo que, desgradiadamente, la poesía cubana –que no tiene dos orillas, sino un solo centro– encuentra en el exilio su verdadero espacio. No ignoro que en Cuba debe haber poetas cuya obra fatalmente ignoramos, y que tiene plena jerarquía. Por suerte, hay esta expresión en el exilio que marca una continuidad de lo que somos, como nación, como pueblo, que es un proyecto de sus poetas fundamentalmente, y que encuentra, en su mayor poeta, a su mayor figura ejemplar, que es José Martí.
Cuando uno es muy joven tiende a escribir de cosas a veces bastante grandiosas; a medida que pasan los años tiende a reducirse: del más y más hacia el menos y menos. En este volúmen, que es una reconciliación personal –si se quiere desgarradora, pero a la vez llena de fe– he marcado dos poemas que considero fundamentales para la inteligencia del resto de la lectura:

Tenía mi padre/ alta la frente: cerrro despoblado
donde crecieron todas las batallas/ y sangraron/ obligadas
renuncias/ Suyos son/ los ríspidos horarios/ la cicatriz,
el bronce, las raíces/ la palma, el látigo/ y la espuela/
Por él llevo entre las cejas/ ríos desbordados y torturada
aurora/ por él/ me conminan por dentro/ los aceros.

El reverso de la página, como en el reverso del espejo, este otro poema:

Mi madre/ fue campana de pueblo anochecido/ almohada,
zapatilla/ pan recién horneado/ Por ella/ se me inquietan
los días/ y me crece/ un bullicio de fuente/ o pajarera/ Por ella/
me crecieron muñones/ por ella/ nunca fueron alas/ Suya es/
mi mansedumbre arisca/ rebelión de siglos/ sofocada.

En esas dos imágenes que proyecta Amelia, podemos encontrar la tercera imagen, la personal, que busca, que procura desarrollarse, abrirse y plantearse en Géminis Deshabitado. Es decir: es ese libro que se constituye en un ajuste de cuenta del poeta consigo mismo más que con su propio oficio; que son inseparables, ya lo sabemos, pero es la criatura misma a través de la poesía la que se está planteando algo ulterior que va dejando lastre de vida –que es tan necesario acumular– para llegar a esa desnudez que planteó Don Antonio Machado. Esa desnudez esencial del enfrentamiento consigo mismo.
Amelia hace este recorrido con un finísimo lenguaje en que, lo que es real, lo que puede considerarse experiencia tangible, está entrelazado con lo que es pensamiento, reflexión, iluminación secreta. No hay en el discurso poético fronteras entre estas dos posibilidades, entre estas dos actitudes, sino todo lo contrario: se imbrican. De esa manera, es una lucha, y un diálogo interno, pero que a la vez es reflejo de cada momento que puede marcarse con una señal en la vida de la poeta. Esos momentos, digamos antológicos, precisos, en la vida de cada ser humano, que marcan para siempre.
¿Por qué la necesidad de desnudez? Sencillamente porque, para bien o para mal, la poesía ha llegado a estas alturas –y es un juicio muy particular– a ese punto de fin de siglo –podría ser a la mitad, pero coincide con el fin de siglo– en que se han agotado los lenguajes, se han agotado las imágenes, las posiblilidades, y es preciso, no reinventar el lenguaje, no reinventar las imágenes –que son permanentes–, sino simplemente adecuar la realidad propia a una nueva imagen de la imagen, a un nuevo lenguaje del lenguaje, que ambos son eternos.

Esa, diría que es la premisa fundamental en la búsqueda de la identidad personal que marca esta obra. ¿Se puede decir que ha sido logrado el propósito que lleva a escribir este libro? No lo sabe ni Amelia, ni yo, ni ninguno de ustedes que lo lea. Es imposible porque aunque los poetas tienden a ser muy egocéntricos, muy orgullosos, muy soberbios, y tantas cosas más, hay algo que nunca, con todos sus delirios, con todas sus certidumbres pueden afirmar. Nunca saben, finalmente, qué han dicho.
Porque es imposible. Por una razón muy sencilla: la poesía es un organismo vivo que se trasnforma dentro de sí mismo, y esa transformación parte del que la escribe… Yo prefiero llamarle a un poeta, un escriba. Es decir, una persona… (y esa es una tesis que tiene que ver con divinidades o no. No importa…) Una persona que interpreta un dictado que no puede precisar de donde viene. Ahora, que tiene que asumirlo con toda la seriedad y con todo el rigor y con los pies muy bien puestos sobre la tierra.
Estos poemas que hacen de este volúmen una continuidad de entradas y salidas, como una especie de mapa, para mí encuentran una expresión muy buena en estos versos:

Ayer/ nos miramos sin recelos/ en paz con los resabios/
rescatado el asombro/ apretadas al nudo/ en comunión
de siglos programados/ rescatadas del YO y del TU/
Ayer/ fui tan distinta que me sentí liviana/ Un solo
pulso/ una sola mirada, una sonrisa/ un NOSOTROS cerrado/
conciliando las dudas:/ Ni buena ni tan mala/
Simplemente yo.

Quizá en este poema, que es casi de centro de obra –y la arquitectura de un libro de poesía para mí es siempre algo fundamental– es donde se cumple verdaderamente la aventura espiritual que se propone Amelia del Castillo al escribir estos versos. Es decir, es esa necesidad de reconciliación que junto a la necesidad de bramido es parte esencial y constitutiva del hecho poético. Ella no sabe si logró su propósito. Magnífico. Pero quizá el propósito es intentar, nada más; buscar una salida. Porque no hay una salida definitiva; no hay una respuesta definitiva. Así, los lectores de poesía, los lectores fieles de poesía, saben que pueden tomar un texto, aprenderlo, reconocerlo, recitarlo de memoria, soñarlo en el sueño… y cada vez el texto les dice algo distinto a pesar de las palabras bien aprendidas y las imágenes bien sabidas.
Es decir: la nueva lectura, por Amelia, de este volúmen, tal como decía al principio de esta pequeña presentación, implicaría una nueva escritura sobre la escritura. De eso se trata la experiencia poética, que centra tan fundamentalmente, pero sin perder el contacto con la tierra, el contacto con el suelo, tan importante en el trabajo de esta autora. En ese sentido, aquí sí cabe y está bien situado el poema final:

Mírame/ Detrás de las ausencias –más allá de la sed
y de las lágrimas/ soy aquella que fui cuando cabíamos
las dos en un silencio/ La que abría en dos el tren de medianoche/
la que te hablaba a solas cuando aún no sabías/ buscarla piel
adentro ni descubrir su nombre/ Mírame/ Tanto tiempo
de frente, cara a cara, y no sabes quién soy/ ni sé quién eres/
Compartimos el pan y la mordida, la llaga y el unguento/
pero seguimos solas, desnudas como leño a la intemperie/
Mírame/ Aunque tu voz no roce mi palabra, aunque sólo hayas
sido/ la otra en mi cristal y yo tu inquisitiva hermana mitológica/
cuando la hambrienta soledad se nos desgaje/ cuando se abra
el círculo, cuando escape el misterio/ cuando en un solo rezo
se fundan nuestras voces confesando la culpa/ responderá Isaías:/
Habitaron el lobo y el cordero.

Así termina este libro. Así empieza. Es decir: es lo de nunca acabar. De eso se trata la poesía.

ARAGÓN de (CLAVIJO), UVA.- Escritora, ensayista, poeta, columnista.

Amelia del Castillo y su azul.
"Diario Las Américas", 2005.

La conozco desde hace muchos años y me une a ella una vieja amistad. Pero no nubla mi criterio el cariño que le profeso ni el reconocimiento de sus virtudes como ser humano. Amelia del Castillo es una de las voces líricas más singulares de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX.
He leído todos sus libros pero no necesito consultar ninguno para describir su poesía. Su forma: exacta, sin estridencias ni malabarismos. Su tono: entre el grito y el silencio. Sus temas: un ir y venir de la esperanza a la pena, del amor al desamor, del recuerdo al olvido, de la certeza a la duda, de la rosa a la espina. Quiere encauzar el tiempo, pero en cambio va tejiendo en su urdimbre voces del silencio. Siempre en diálogo con sí misma, al final descubre a géminis deshabitado. El hambre de sus espigas se mitiga, no se sacia.
Narra cuentos con oficio y prosa tersa, por muchas trampas y fantasías que ponga en ellos. Es en la poesía donde su espíritu va calando, como una llovizna tan fina y afilada que hiere sobre la piel. Se desnuda y se cubre con más velos que Salomé. Hay un misterio presentido que tiembla en cada verso. Su poesía no es oscura, ni hermética, pero su transparencia es engañosa, como un lago tranquilo que esconde el espíritu inquieto de una doncella dormida en su fondo.

Amelia del Castillo ha publicado hace pocos meses Un pedazo de azul para el naufragio. No está en estos versos el mar de espuma blanca y reír de campana de Agua y espejos, versos de juventud, premiados en la plenitud. En estas páginas, el mar de Amelia del Castillo está herido. Lo surcan orillas escabrosas, sangres de ausencia. Hay cruces y más cruces. La sed es insaciable y los perros mansos huyen junto a los fieros. En el portal del paraíso los hijos de la noche quebraron de un golpe los sueños con odios fratricidas. La furia del incendio arde sin tregua. Se burlan los espejos, y el viento se hace amigo del lamento y el naufragio. Hasta el blanco está sin luz.

Hace varias semanas, en el Centro Cultural Español, se exhibieron cuadros de Carmen María Galigarcía -a quien también se debe la portada del cuaderno- junto a poemas de Amelia del Castillo. Pese al vínculo familiar que une a la poetisa y la pintora, ninguna conocía la obra de la otra mientras la creaban, y al hacerlo se asombraron de la coincidencia en el nivel de angustia existencial, en la denuncia de atropellos e injusticias, y en la compasión por el desvalido. Se trata, en ambos casos, de una obra que nos coloca frente al horror. No son cuadros ni versos para agradar, sino para punzar. Están cocidos al fuego lento en las heridas, con todo el dolor del mundo amasado en lienzos y versos.

Un pedazo de azul para el naufragio no menciona a Cuba, pero es sobre Cuba, y al mismo tiempo, la trasciende. Lo propio se vuelve de toda la humanidad. La isla se agiganta como una llaga que desgarra por los bordes. La realidad florece en poesía. Al final, Amelia del Castillo, de regreso de tantos viajes de ida y vuelta por los caminos de la ausencia y el sacrificio, lanza un desafío.

No voy a renunciar a mi estatura,
ni a la raíz febril de mi andadura,
ni al pabellón que la paciencia tiene.
Las reto desde el vórtice y el fuego.
Desde la fe, desde la cruz y el ruego.
Desde el legado azul que me sostiene.

Yo apuesto por la poeta y su azul.

CUADRA, ÁNGEL.-Poeta, escritor, columnista.
Algo sobre Amelia del Castillo. Ego Group-Coloquios Culturales,
Books and Books-Coral Gables - Agosto 7, 2011.

Antes de comentar sobre Amelia del Castillo, señalemos algunos de sus libros, entre ellos: Voces de silencio, Cauce de tiempo, Agua y espejos, Las aristas desnudas, Géminis deshabitado, El hambre de la espiga, Un pedazo de azul para el naufragio y Fugacidad del asombro. Agreguemos a esto, libros de cuentos, ensayos o ponencias literarias e, incluso, canciones.
Luego estamos en presencia de una personalidad que, aunque esencialmente poeta, la poesía irradia su espectro hacia otras regiones del arte y la literatura, por lo que podríamos calificar a esta autora, así como un caso de artista integral, ya que puede incursionar en varios ámbitos de la creación.
Hoy haré una muy breve exposición para que ustedes puedan acercarse a Amelia; para que así les sea más familiar el mensaje y la emoción que nos presenta su obra. He mencionado la palabra mensaje y la palabra emoción. Porque entiendo que dentro de estos dos paréntesis, podemos encuadrar lo especial de la poesía de Amelia del Castillo.

Hubo un momento en el curso de la cultura, que algunos pretendieron concretar la pureza del arte, el arte puro, aquel que, en cualquiera de sus manifestaciones, se presentara solamente con los elementos esenciales de cada tipo de arte; esto es, deshacerse de todo otro ingrediente: de modo que a la música sólo le fuera asignado el sonido, no otras evocaciones; que la pintura sólo fuera construida con colores, sin otras alusiones; que la poesía sólo se constriñera a la palabra en libertad (como quiso ensayar el simbolista francés Estephan Mallarmé), de aquí que de la misma estaba casi desterrado el mensaje, pretendiendo que la palabra por sí engendrara un mundo propio.
Desde luego, esto no pudo sustentarse. El propio Paul Valery, simbolista, concluyó que era imposible la poesía pura; dado –opino yo– que la poesía es la más impura de las artes: es sonido, con ritmo inclusive; es historia porque describe cosas, hechos y opiniones; es narrativa porque cuenta cosas; es filosofía porque arriba a conclusiones, aunque éstas llegan desde la intuición más que de la inteligencia.

Amelia del Castillo no necesitaba ser Paul Valery para desmentir rotundamente la limitación de la pureza en la poesía, porque la suya es de las más impuras que se puede leer. Pues en su poesía hay de todo: hay plasticidad, hay música, hay paisaje (hacia lo externo y hacia lo interno) y hay meditación –luego se aventura a lo filosófico–, y ese meditar ahonda en el ser de los demás, y el más hondo que es su ser personal. De toda su impureza, de toda esa anarquía de elementos, resulta en la poesía de Amelia una armonía espléndida, que ilumina el ser en todos, y el propio ser de la autora, libre y único en el mundo; que, para ser original y, a la vez repetido, se da como descubrimiento, y despierta el asombro.
Es ahí que el ensayista y filósofo alemán Johannes Pfeiffer expone: “El asombro que sobrecoge al hombre que filosofa es precisamente el asombro con que le sobrecoge la secreta sabiduría del lenguaje”. Y es ahí –decimos nosotros– la magia del instrumento con el que labora el poeta: la palabra; la palabra coordinada en el lenguaje, que, surgida así desde la intuición, transmite su mensaje el poeta, desde un plano anterior a la inteligencia.
Ese es el tipo de mensaje –una de las dos palabras que señalo al comienzo, como peréntesis– que recibimos de Amelia, en su poesía, a veces escueta, a veces expansiva, a veces aparentemente hermética cuanto reveladora. Esto más o menos nos lo presenta Amelia en su poema “Invierno”, que comienza:

Desarropado tu hálito vital,
¿quién te acoge, quién acaricia
tu desnudez de piedra?

Levántate
Hay que buscarle abrigo a la intemperie,
un hueco al desamparo, un plato al hambre.
Hay que buscarle sitio a la resaca,
a los huesos, los fósiles,
las algas.

Levántate.
Hay que inventar un puerto,
un pedazo de azul
para el naufragio.

También en la afirmación propia de su vida, Amelia patentiza su ser, que indudablemente tendrá gemelos en el mundo, y en ella se individualiza, como muestra en su poema "De pie”:

Si estoy de pie es porque me levanto
porque me empino
más allá de mi asombro y mi estatura.
Porque no aliento cicatrices
ni fantasmas, ni pasado.
Si estoy de pie es porque sigo andando,
porque me llama el viento
y me llaman la luz y los relámpagos.
Porque cantan los pájaros (todavía)
y los niños suenan (todavía),
porque no presiso razones ni respuestas.
Porque tomo mi cruz sin intercambios.

Esa voluntad de ser, de afirmarse desde ella misma, se repite a lo largo del camino andado. Y más adelante, en su más reciente libro que titula Fugacidad del asombro, le vemos decir con firmeza la hegemonía de su ser, su defensa, el combate animoso del yo: ser uno mismo, no achicarse, no claudicar ante los embates de la vida, seguir siendo a pesar de aquello que nos ensombrece. Y así dice Amelia, con íntima declaración de guerra:

No voy a regalarte, Sombra,
ni un minuto de paz...
No voy a darle tregua a la ventisca
ni al huracán ni a mí
ni a nadie...
Ni deserto, ni me rindo
ni me doblo.

No voy a darte paso, Sombra.
No voy a renunciar a serme.

O sea, esta poesía de Amelia –impuramente hermosa—nos trae un mensaje, viene a decirnos algo. No es arte por arte, que se resume en sí mismo, en un andar circular. Tiene, por tanto un asomo a la filosofía, porque ésta es la ciencia hacia la vida misma, el nuevo mensaje para los demás. De modo, que cabe retomar, y completar, lo expuesto por el antes citado filósofo y analista literario Johannes Pfeiffer: “Si el hombre se pone a filosofar es para rastrear el conocimiento del ser que vislumbra escondido en lo hondo de las palabras”. He ahí la magia de la palabra como instrumento del poeta, que nos revela el ser desde el anticipo de la intuición.
Y, por otro lado, la poesía de Amelia nos toca en la emoción, no sólo en el intelecto ralo, sino en la comunicación de un alma que sueña, sufre, goza, tiene interrogantes, alegría, tristezas, y por ser esas cosas propias de todos o posibles para todos, nos emociona, y la respuesta nos la transmite la autora en poemas, como éste que tomo casi al azar, del libro “Cauce de tiempo”,

Hasta la voz que duerme en mi garganta
me llega la humedad de tu silencio.
Hay un sueño de niño en esta espera
huérfana de sentido.
Por el costado azul de mi alegría
me suben aguijones de tu ausencia
y hay un nudo de angustia en cada brizna
de ayer en el recuerdo.
No sé por qué caminos ni en qué aurora
se escaparán mis pájaros de tiempo,
no sé en qué playa dejaré el madero
lacerado y salobre.
No sé que brisa cantará a mi paso.
No sé qué cielo romperá arcoiris
y en lluvia de colores fragmentados
me bañará el olvido.

Y aquí los dejo con Amelia del Castillo, después de abrirles estos caminos para llegar a ella.

FAGUNDO, ANA MARÍA.-Poeta, escritora, ensayista y profesora española.
Universidad de California.

En celebración de lo femenino.
Presentación de El hambre de la espiga. Ediciones Universal,
Miami, Florida, 2000.
_________Castillo, Amelia del. El hambre de la espiga.
"Alaluz, Revista literaria", California, 2002.

Este poemario sólo lo pudo haber escrito una mujer. Una mujer poeta. Una poeta lírica. Una poeta que se llama Amelia del Castillo.
Este libro relata la historia de un ser femenino desde su despertar a la vida hasta su ocaso. Es un ser que celebra su naturaleza, de niña primero, adolescente después, y más tarde, mujer y madre. Cada uno de los poemas respira lo femenino en toda su magnitud de vida.

El texto poético de El hambre de la espiga está cuidadosamente estructurado, desde el título, la dedicatoria, las citas que abren cada sección del libro y los poemas mismos. Se dedica, acertadamente, a tres nombres femeninos: Chris, Brittany y Lauren y lleva, además, unas significativas palabras de la autora que enlazan perfectamente con la intencionalidad textual del poemario. Dice así,

A la mujer que asoma en cada niña.
A la niña que muere en cada mujer.

Título del libro y dedicatoria que nos dan una clave, de entrada, al contenido que desarolla el texto poemático. Pero eso no es todo. Las citas que siguen a los títulos de los diferentes apartados del libro, y que preceden a los poemas mismos, son igualmente significativas.
Alborada, de la primera sección, lleva una cita de la poeta española Carmen Conde, cuyo apoyo a la mujer e interés en la difusión de la poesía escrita por mujeres es bien conocido. Las tres secciones siguientes, tituladas Primavera, Estío y Otoño las prologan con sus versos, respectivamente, el trío de magníficas poetas cubanas del Siglo XX formado por Carilda Oliver Labra, Pura del Prado y Dulce María Loynaz. La sección Invierno, que cierra el libro, lleva una cita de esa poeta fascinante y enigmática que fue, que es, la argentina Olga Orozco.
Los poemas, breves en su mayoría, tienen gran intensidad expresiva, lo que obliga al lector cuidadoso a su relectura, para degustar su cuerpo y su espíritu. Es decir, la palabra y su mensaje.
Los cinco poemas que componen la primera sección nos retratan, con precisión y júbilo, a una niña que abre sus ojos asombrados a la vida; que abre sus ojos de poeta al mundo que la rodea. Porque hay que decir que esta niña lleva en sí el germen de la poesía.
Veamos las metáforas que la configuran ante el lector: "Mensajera", "paloma de cristal", "agua de sol", "mariposa de luz", "pajarera de lirios", "musical retorno de la rosa", "la de la voz de pájaros y palabras de miel y de rocío."

Ésta es, pues, la TÚ lírica a quien los poemas se dirigen y quien es la protagonista de todo el libro. Esa tú que en Alborada es una niña, en Primavera aparece con todo el entusiasmo, el fragor, la sed, la delicia y el arrojo de la adolescencia que no considera límites, ni tiempos, ni espacios, sino que celebra con toda libertad, como si fuera a durar siempre, la vida.
El verso, en esta parte del poemario, desborda brillo y fuerza dentro de su contenida forma, que no obstante vibra y apasiona al lector, o lectora, que se aventure por sus páginas. Y es que Amelia del Castillo escribe con absoluto dominio de la forma y el fondo; con la medida precisa de pasión y de control. La utilización de recursos poéticos, como las figuras de dicción y los tropos, anáforas, polisíndeton, encabalgamientos, metáforas y aliteraciones dan a los versos de esta sección un fulgor de total diafanidad y potente fuerza.
Veamos algunos ejemplos:

Trepas/ a jugar con los astros/ a acariciar la luna

O una construcción anafórica:

Esta inquietud de manantial / de lluvia laberinto sementera / Este calor de nido / este aletear de antojos / por las venas / este afán esta sed / este espejo crecido / y vanidoso / Esta yo que se crece / se asombra / se arrepiente

O el polisíndeton (utilización de la conjunción):

y el viento tiene prisa / y la prisa es un hoy / a toda vela / y el velero eres tú.

Y las metáforas:

espiga hambrienta, caracola de sueños, alfa encendida...

Porque el verso es deleite. Deleite en la lectura, deleite en oírlo. Particular mención merece también la disposición tipográfica de los versos y la carencia casi total de puntuación en las tres primeras secciones del libro, que son sin duda las secciones más vitalistas y apasionadas.
Si en Primavera se intuía la pasión, el capullo prieto de futuras promesas, el cuerpo y el alma de la adolescente poeta, en espera de ser fruto y esplendor, en la sección titulada Estío, que se abre con estos ardorosos versos de Pura del Prado: "estoy aquí, tendida como el aire del ardor veraniego. Esperando que sueltes en mi tierra tus cachorros de fuego".
En Estío, repito, la pasión se enseñorea de todos los versos y afirma con absoluta libertad su razón de ser. Llegamos, sin duda, al punto álgido del poemario, donde el erotismo encuentra su cabal expresividad. A mi modo de ver, los poemas que componen esta sección son un inmejorabe ejemplo de cómo se puede hacer poesía de fuerte contenido erótico de una manera sugerente, poderosa y, tenemos que decirlo: elegante. Basta mencionar un solo ejemplo:

mientras enhiesto/ tu gladiolo de luz busque mi sombra

Pero así como aparece la mujer en su dimensión erótica, también se nos sugiere la mujer-naturaleza, usando de nuevo construcciones anáforicas y polisíndicas de exitosa expresividad. Ejemplo:

esa mujer / que es agua y cuenco / que se viste de lumbre / que nutre la simiente / que enraíza / que es hiedra y pozo y es brocal y es río.

Está también, como no podía ser de otra manera, la mujer como potencial de vida:

nueve ciclos y nueve y otros nueve / desde el día primero y repetido

Las dos últimas secciones del libro suponen el lado oscuro de todo lo que había sido celebración luminosa del ser, y del ser en femenino. Ahora, es otra la situación:

pasa el viento / afanoso en aullar por los resquicios /
y de ambular insomne / entre tus sábanas

La premonición de tiempos oscuros y tristes y angustiados late en los poemas de estas secciones. Nótese la eficaz aliteración de estos versos.

un castigo desnudo/ un insomnio de miedos/ sarna salitre salamandra

Pero si los poemas de celebración nos cautivan por su desnudez y fuerza, aparte de por su contagioso jubileo solar, los poemas de, digamos, lamento, son igualmente cautivadores por su descriptiva fuerza oscura:

La noche / es una culpa que solloza / un azul enconado
un reguero de lumbres y cenizas / un delantal de luto
un miedo en cada esquina / de la sombra / una ventana ciega. La noche / es una gota repetida / Una gota salada que no cesa
.

Invierno sitúa al lector en el polo opuesto de la luz vibradora y entusiasta de futuros, que informaban Alborada, Primavera y Estío. La voz lírica está ahora surcada por el miedo, el desaliento, el desamparo, y el recuerdo doliente de ayeres mejores. No obstante, el control, la entereza, la dignidad, se yerguen en medio del silencio y la soledad, para darse los ánimos necesarios:

Levántate./ Hay que inventar un puerto, / un pedazo de azul/ para el naufragio.

En suma, se podría decir que El hambre de la espiga relata una historia amorosa de un TÚ lírico femenino, que va desde la alborada de la infancia al crepúsculo de la vejez. Y es también, una meditación de la condición humana a través del ser y el sentir de una mujer. Poemario apasionado y sobrio que nos ofrece Amelia del Castillo y que rezuma hondura, sensibilidad y sabiduría.

GONZÁLEZ LÓPEZ, WALDO.-Poeta, ensayista, periodista, crítico teatral y literario.
El asombro de Amelia del Castillo – “Palabra Abierta”, Crítica, Poesía.
Revista y Casa Editora, California-Agosto 1, 2015.

Confieso que solo vine a saber de la feraz existencia de la notable escritora cubanoamericana Amelia del Castillo —cuyo nombre me evoca la de otra poetisa cubana decimonónica: la camagüeyana Aurelia del Castillo (1842-1920), autora además de fábulas, leyendas, crítica literaria y libros de viajes— a los pocos meses de mi llegada a Miami, pues en Cuba jamás supe de ella, tal suele suceder desde 1959 con los creadores que vienen al exilio miamense u otro ámbito, y, desde ese momento, son “ignorados y olvidados”, parafraseando el relevante título ensayístico del poeta, narrador y traductor colombiano Jorge Zalamea (Bogotá, 1905-1969): La poesía ignorada y olvidada (Premio Casa de las Américas, 1965).
Sí, fue cuando, invitados mi esposa Mayra Hernández y yo por mi colegamigo de años, el destacado narrador y dramaturgo Rodolfo Pérez Valero, de muy buena gana asistimos a la acogedora librería Books and Books, donde se realizaría un encuentro con varios poetas, entre los que figuraba Amelia del Castillo. La lectura de algunos de sus textos bastó para convencerme de que estaba frente a una genuina poeta, cuya presencia denota distinción y elegancia, en una palabra: clase. Tras la lectura, quisimos conocerla y nos presentamos, y ella, gentil, charló brevemente con nosotros; pero fue solo eso, pues el evento continuaba y no queríamos interrumpir. Ya al final partimos con Rodolfo en su auto y, con él, comentamos la fineza y calidad poética de Amelia.
Mas, solo semanas atrás, por fin, gracias a una apreciada colegamiga, tuve en mis manos el que creo su más reciente poemario: Fugacidad del asombro / Vanishing Amazement, publicado en el 2010 por Ediciones Baquiana, en su prestigiosa Colección Caminos de la Poesía.
Lo primero que se advierte al abrir el breve volumen es la «Nota intrascendente», donde la autora declara con lucidez:

“ Siempre he pensado que sobran notas y aclaraciones en un libro de versos; sin embargo, me atrevo a incluir estas líneas sobre la traducción de los poemas. Pude dejar esa tarea a un poeta norteamericano, pero temí que la influencia de su propia literatura le hiciera perder el matiz de mi poesía. Espero que mi voz les llegue en esta personalísima versión de Fugacidad del asombro”.

Tras una lenta e incisiva lectura del cuaderno, descuella el intimismo y la fibra lírica que enriquecen sus versos, cualidad de otras poetisas cubanas de su promoción de “la otra orilla”, con las que seguramente no tuvo contacto, salvo quizás en el caso de dos: Carilda Oliver Labra y Pura del Prado, a quien dedica su atinado ensayo «La voz poética de Pura del Prado», en su volumen de crítica Palabras al vuelo (también publicado por Ediciones Baquiana, Colección Senderos de la Narrativa, 2012), a la que asimismo dedica otros momentos en «La Isla en tres voces femeninas del siglo XX» y, en «La libertad en voces femeninas de la literatura cubana a cien años de la instauración de la Republica»; mas solo advierte la existencia de otras en el siguiente párrafo del capitulillo La República: «Preciso es mencionar las voces de poetas que optaron por quedarse en Cuba, bien aislándose, bien acogiéndose al lamentable status imperante en la Isla: Serafina Núñez Josefina García Marruz, Carilda Oliver Labra, entre otras.»
En el breve listado, se advierte que Amelia no conoció la poesía de otra muy destacada integrante de su promoción, también neorromántica: Rafaela Chacón Nardi (La Habana, 1924-2001) con cuya poesía se advierten no pocas coincidencias, como con la de Serafina Núñez, a la que sí ha leído, según se corrobora en su propio apunte citado arriba por mí.
Mas, no es este el momento de realizar ese ensayo de crítica comparativa que se lo dejo como tarea pendiente a mi esposa, la ensayista, crítica y editora Mayra Hernández Menéndez, quien, especializada en la autora del canónico poemario Viaje al sueño —elogiado por Gabriela Mistral—, estudiaría durante años y publicaría diversos volúmenes de la producción de «Rafaela de Cuba», tal la denominara la Premio Nobel chilena.

A lo largo de su cuaderno (dividido en tres secciones: «Umbral», «Poética» y «Presencia»), Amelia emplea temas recurrentes: el asombro (cuya fugacidad le sirve de título), el tiempo, el olvido, el recuerdo, Dios, el perdón, la luz, el silencio, misterio, el tedio, la soledad, la ausencia, la muerte, como asimismo la dupla ‘júbilo y fuga’, para decirlo con el título de uno de los poemarios de Emilio Ballagas, con quien coincide en las «afinidades electivas» que decía Goethe. Otro rasgo de interés es la utilización de dos recursos también empleados por este crítico-poeta en sus textos: los títulos son, asimismo, los primeros versos de cada poema. Con ello, ofrece fluidez y continuidad a la lectura; como las preguntas a sí misma, que, tal un constante flujo y reflujo de introspección caracterológica, dan pie a un monólogo y diálogo a la vez.
En «A veces», primer texto de la igualmente primera Sección, «Umbral», Amelia le hace un guiño al Antonio Machado de Proverbios y cantares («Hoy es siempre todavía»). Así, en la estrofa inicial, revela su gusto por el verso del gran hispano, al escribir: «A veces / se despierta alegre como un carrusel / y gira, gira / convocando a los sueños, al luego / al siempre, al todavía.» Este tópico regresará en la página 31, con otro atinado texto: «Vuelve», que se inicia con estos certeros versos: «No sé de dónde, pero vuelve. / Es el pájaro azul del hoy / el mañana, el todavía. »

En la estrofa final, se expande el sentir inicial, y confiesa con lirismo y verdad:

He vivido con ella tanto tiempo
que la llevo tatuada sin remedio
en alma y piel.
Me acompaña, sigue, angustia, alegra, cansa…
Pero es mía. La única que tengo y he tenido
desde una tarde de junio
que viene cada año a recortarme el tiempo
y a verme envejecer.

Solo dos páginas adelante, propone un soneto, igualmente hermoso por su factura y por la presencia de algunos de sus temas recurrentes arriba mencionados:

Desde dentro
una hilacha de alegría
asoma y se me queda en la garganta.
No se atreve a reír. Apenas canta
una Nana al perdón y a la armonía.
Tiene calor de niño y cada día
—como el sol que entre las nubes se levanta-
sale a ratos y a la pena espanta.

Yo la invito a navegar conmigo
a alegrarme la culpa y el castigo
a ser flecha de luz, campana al viento.
Pero cobarde, frágil y sumisa
esconde en mi garganta la sonrisa
negándome el regalo de su aliento.

Y llega «Si me atreviera», otro texto de indudable valía porque, al asumir las voces de las «míticas mujeres / condenadas a amar, tejer, errar / desde siempre y para siempre», evoca féminas de leyenda: «Ariadna y Penélope y Casandra».Y ya en la segunda y tercera estrofas, como leitmotiv, repite el verso inicial y, a un tiempo, título de su poema:

Si me atreviera
pediría cuentas al grito, la caricia
la lagrima, el zarpazo…
Y a la cruz y el perdón.
Si me atreviera
reemprendería eL viaje de la mano
de nadie.
Con la niña sabiduría
del que lo cree todo, del que lo sabe todo.
Sin saber.

Justamente el último verso (“Sin saber”), da pie al próximo texto que repite aquél al comenzarlo:

Sin saber
cómo ni por qué me va cubriendo
este polvo gris de hueso o de ceniza lenta
que al primer toque de queda rompe
el filo de la luz
echa a volar sus miedos y copula
con las enmohecidas
vírgenes del tedio.
Es
el adiós en fuga del asombro
el atisbo de un luego sin ventanas
el fuego ausente.
La noche sin corola
por abrir.

La melancolía retorna una y otra vez a sus páginas, otorgándole una pátina de suave nostalgia que se adentra en el sentir de autora y sus lectores. En consecuencia, nos dirá en el siguiente poema:

Sé que no hay espejos
que dupliquen ausencias.
solo un filo de sal, huesos de luz
reclamando un sitio sin distancias
un puñado de liebres azoradas
un reptil enroscándosele al miedo…
Y yo.
Y yo tirando inútilmente de los hilos
empeñada en que salten
los muñecos.

(No te engañes. No insistas.
corta los hilos, Baje el telón
y descansen en paz las marionetas)

En «Si vinieran por ti», aflora el pasado lírico y real —lecturas mediante— que ofrece el íntimo mundo de «los campos de la ausencia», y la poetisa se pregunta:

No indagues, no preguntes
no reclames el sueño, ni el olvido.
¿Para qué sin memoria ni tatuajes
ni siquiera el polvo
del recuerdo?

Mas, no conforme, insiste en su pedido/exigencia:

Si vas a reclamar
reclámales cada hilacha de tiempo.
¡Ah…! pero no olvides que el tiempo
en espiral busca su fuga
y que en su fuga todo lo que es
nos hiere
y todo lo que fue
nos quema.

Uno de los mejores textos del cuaderno, elaborado con versos-preguntas, es el que, tal un memorándum, resulta acaso un prontuario o guía de vida lírico por sus propias interrogantes y respuestas. Leámoslo:

¿Adónde ir
cuando todo se haya ido
cuando solo quede el hueco ardido
del silencio?
¿Al horizonte, testigo siempre
alerta siempre y siempre cómplice
de un luego sin final?

Y enseguida, las respuestas/propuestas a las que, desde la duda cartesiana, responde la indócil voz poética de Amelia del Castillo:

Quizás volver. Desandar, deshacer.
De vuelta al polvo
al mar, al fuego, al arco iris. De vuelta a mí.
Tal vez quedarme y convertirme
¿en ala, en música, en reflejo?
Tal vez quedarme y convertirme en nada.
Quieta. Seca como la higuera seca.
Como la piedra.
Como el surco agrietado.
Como el leño.
Como lágrima seca
que nos llega a los labios
sin llegar.

Le sigue «Qué extraño»: aquí el confesionalismo de la experimentada mujer/poetisa adquiere vasto alcance, al ofrecer sus propias lecciones (praxis), enriquecidas por el dolor del temprano exilio que le hizo abandonar su desde ya lejana Isla, en plena juventud:

Qué extraño
sabio y doloroso este morir a cada instante
como la gota de agua, el niño por la vida
el minuto en fuga por la esfera.
Muriendo sin morir
con la esperanza al filo siempre de la orilla
. Con tanto sueño en vela […]
y que no hay greda
capaz de desafiar este obsceno morir
poro a poro, grito a grito
rezo a rezo.
Este pasar sin tregua, este morir
sin tiempo para dejar sueltos los hilos
las culpas claras y el perdón
abierto.

De tal suerte, el poemario va narrando/poetizando la dura, pero fértil existencia de la autora en tierra extranjera, donde, a pesar de tanta nostalgia, ella creara una poética a salvo de odios y lugares comunes.Al contrario, su poesía es, justamente, poiesis: creación, auténtica escritura o, mejor: verdad y razón, para decirlo, otra vez, con Goethe e, incluso, también con Goya y sus «Sueños» de 1797. Por ello, llega el siguiente texto de valía:

Voy con prisa
porque me sigue
el filo más hambriento de los grises.
Porque no hay verde sin hollar
ni manantial puro
ni alondra al paso.
Porque “el ayer se ha ido
mañana no ha llegado”
y al hoy le faltan horas y le sobran
huellas, angustias
y mitades.
Porque muerde el viento
la cara de la luz
y el huesudo lomo de las sombras.
Porque hay azul cansado
porque huye el tiempo…
Y por esa última e inevitable
cita por cumplir.

Por su firme honestidad y su incambiable dignidad, Amelia ofrece al lector un poema/alegato de genuina cubanía desde esta orilla, donde ella, como tantos otros colegas, laboran, escriben y publican con la necesaria calidad, ausente en otros libros de también otros que han quedado en la Isla, donde, humillándose, deben bajar la cerviz y pactar con el totalitarismo. Por ello, proclama:

No voy a regalarte
Sombra
ni un minuto de paz.
Ni siquiera un pestañear de miedo.
No voy a darle tregua a la ventisca
ni al huracán ni a mi
ni a nadie
. Tengo los pies sembrados en un surco
que crece y crece y de crecer se ahonda
erosionando piedras y lamentos
y ni deserto, ni me rindo
ni me doblo.
No voy a darte paso. Sombra.
No voy a renunciar
a serme.

En la segunda sección, «Poética», sigue el hilo conductor que guía su verso en Fugacidad del asombro. Ya en el primer texto, el intimismo se acentúa con una aun mayor hondura de su quehacer lirico, gracias a su atinado estilo, definitorio de su propia estética de preguntas y respuestas, que dicen mucho más que ciertos poemas de otros autores.
Pero leamos:

Ese yo de luz
atado a su cuerpo que se quiebra.
Ese blanco fulgor hendido en rojo palpitante.
Ese cántico
duende del silencio y de la voz misterio.
¿Quién lo convoca?
¿Cómo encuentra la cinta, el hilo
la dimensión exacta de mi esfera?
¿De dónde viene y adónde va cuando se pierde?
¿Cuándo una a una roba las palabras y la idea?
¿Cuándo hiere el aire y rompe el arco
y en su flecha extraviada nos dispersa?
¿Cuándo golpe a golpe
y de orilla a orilla nos vacía
sin que el canto y la voz en tregua iluminada
nos rescaten?

En «Por retener el canto» (dedicado a su colegamigo Orlando Rossardi), consolida otra suerte de poética que —tal el título de esta homónima sección— resulta una suerte de auto de fe, cuando afirma:

Por retener el canto
me enfrento a la orilla filosa de la ausencia
al miedo, a la palabra nunca, al ayer, al hoy
a mí y a todos.
Por retener el canto
repito insomne la palabra siempre.
Despierto, abro las manos, me levanto
atesoro la magia de estar viva
doy gracias y perdono
y creo.
Por retener el canto escribo.
No importa qué ni cómo.
Segura de este ser y estar porque
me queda el canto.

Otro texto mencionable es el siguiente, dedicado a la propia Poesía («sierva de nadie»), de la que se ha ocupado con alta calidad esta valiosa poeta cubana del exilio:

Ni ayer
ni hoy, ni nunca, pero siempre
azuzando mi estatura
¿cómo un mendigo, un ciego
un niño, una semilla?
Como un grito. Un llamado.
Una diosa expectante.
Una espiga de lumbre, inviolable
e inquietamente viva.
Ni ayer, ni hoy, ni nunca
pero siempre:
la Poesía.
Esa inalcanzable, arisca y caprichosa
sierva de nadie.

Otro soneto, de algún modo dedicado a su dignidad de cubana y su propio oficio poético, es el que sigue, también de alta calidad:

Por defender mi esencia
me desciño
de moldes, de hojarasca y de ceniza.
En cerrojos el galope de la prisa
vuelvo al cauce, al manantial y al niño
Por defender mi savia me doblego
y soy otra y la misma: diferente.
Amiga del silencio y de la fuente
de la cruz, la verdad, la fe y el ruego.
Ciudadana del tiempo, de la aurora
la noche, el mar, el río, la pradera
el ayer, el mañana y el ahora…
Con el viento y con la sementera
Me doy, me entrego al canto. Me enamora
jugar a hacer de la Palabra, hoguera.

En la tercera y última sección, «Presencia», la poetisa interioriza aún más su verso que, por su honda religiosidad, lo dedica a Dios y su fiel creencia en él. Valioso texto, de uno de cuyos versos de la tercera y última estrofa, extrae el afortunado título de su cuaderno:

Para tomarle el pulso
a la crueldad del tiempo
invítalo a clavarse a tus paredes
a cancelar el ciclo del fracaso
y a retener el del amor
y el sueño.
Conmínalo a quebrar relojes
a asumir la magia del recuerdo
a desbrozar caminos sin lastimar las piedras
a acariciar el alba
y a beberse contigo, sorbo a sorbo
la inmensidad del agua de la ausencia.
Para tomarle el pulso
a la fugacidad del tiempo
exígele el pedazo de ayer que te quitaron.
Y un minuto de Dios.
Y un credo.

Otro poema, «Pétalo a pétalo», guarda resonancia con uno de los sonetos que le escribiera Antonio Machado a su amada Guiomar (la pintora Pilar de Valderrama), camuflado entre sus «Poesías de guerra», donde escribiera el autor de «Proverbios y cantares»:

"De mar a mar, entre los dos la guerra
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú asomada, Guiomar, a un finisterre,
miras hacia otra mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.
La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de la llama
y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío".

Por su parte, Amelia escribe en la segunda estrofa de su texto:

Como se tala un roble, Señor.
Como se corta un miembro gangrenado.
Como se arranca el dardo de la herida.
De un tajo. De un redondo hachazo
limpio, exacto y compasivo
.

A este texto, le sigue otro de no menor lirismo:

Yo no estaba allí
pero sentí Tus manos forjándome
con la greda mítica del sueño
y nacerme a gritos
esta gama de inquietudes, angustias
luminosidad, paz y miedo.
No. Yo no estaba allí
pero fui ya sin ser y para siempre
esta raíz hambrienta, este perfil de vuelo…
Esto que soy que me hiciste
mucho antes de mí
y del tiempo.

Uno de los poemas más descarnadamente comprometidos con la existencia es «Porque», donde realiza una honda vivisección que alcanza a «la sangre de los muertos». Acaso un cántico/reclamo a la vida, donde «en cada esquina de la ausencia», sobresale la altísima voz de esta cubana, cuyo nombre quedará inscrito en las letras de la Isla, a pesar del silencio a que ha sido sometida durante décadas por haber venido al exilio, desde el que, sin pedir nada a nadie, con su valioso verso, estará y permanecerá en la mejor poesía cubana de las dos orillas:

Porque
en cada esquina de la ausencia
está el reproche
de la sangre viva de los muertos
vuelvo de golpe y sin afán a la esfera
en que giro y giro hasta caer desnuda
en las orillas de un paraje
sin horas, sin huellas, sin culpas
y sin mí.
He viajado por el fuego incauto
que preside las noches y los sueños.
Por témpanos, paramos y laberintos
y todavía no sé cómo salir de este molde
que me lleva, trae, duele, asfixia
encierra…
Quizás cuando «se suelte el hilo de plata
y se rompa el cántaro en la fuente».
Al final del tiempo de mi tiempo
de ese día sin noche —ése que saldrá al mar
a reclamar los ríos y el Sembrador su siembra
y el Jardinero su labor.
Quizás, cuando otra vez arcilla blanda
este barro mío, en Sus manos la amase
la sople, la acaricie el Alfarero
y haga con ella otro objeto. Otra cosa.
Quizás otra mujer.

Sin embargo, quiero concluir estas páginas con un poema que no obstante su brevedad (o por ello mismo, pues como dijo el conceptista Baltasar Belmonte de Gracián (Calatayud, 1601-1658): «Lo bueno, si breve, dos veces bueno»), una vez más evidencia su alta calidad poética. Se trata de «Hoy», en el que la poetisa —elogiada por Agustín Acosta y cuyo poemario Géminis deshabitado prologara Eugenio Florit ahonda aún más su concentrada expresión y nos entrega otro texto de hondísimo confesionalismo, acaso una despedida, solo temporal, ya que su poética y sus libros de crítica merecen continuar apareciendo, para disfrute de sus lectores de varias generaciones.

Hoy
estoy en paz conmigo
—o con la vida—
que es al fin estar en paz con Dios.
No sé si al sacar al sol y al frío
esta nueva piel que estreno
se me encoja, estríe o desprenda
capa a capa hasta dejarme
expuesta y rota como ayer.
Pero hoy…
Hoy exhibo esta paz
de fiesta regalada
y la abrazo, la ofrezco, la comparto
sin pensar que mañana, quizás
ya no será.

GONZÁLEZ MONTES, YARA.-Ensayista, Profesora.
University of Hawai at Manoa.

El aporte de la mujer en la creación lírica del exilio cubano.
"Anales Literarios-Poetas", Num. 2. Vol II, 1998 (Extracto).

Nuestro proposito es abordar aquí la lírica escrita por mujeres en nuestro exilio. Existen en esta consideración tres factores que individualizan nuestro tema dándoles un carácter único. La literatura que nos ocupa es triplemente minoritaria: por ser escrita por mujeres, por ser creada en el exilio y por ser cubana, siendo paradojicamente escrita fuera de Cuba.
Los planteamientos de estas escritoras parten de una separación territorial a la que se vieron sometidas en algún punto de su biografía. Esa separación las lleva a crear desde una distancia que es la de todos los exiliados. Cabe preguntarse en primer término hasta qué punto ese hecho diferencial deja huellas en su producción. Al mismo tiempo hay que tener en cuenta el momento en sus vidas en que el mismo lugar y de acuerdo con él, el impacto que esta cronología deja en su escritura.
Porque esta separación física de Cuba ocurre, además, en un determinado instante en la vida de la escritora en el cual su texto y sdu biografía activa y pasiva adquieren un nuevo giro que afecta su posición en el mundo literario. Escritora cubana en el exilio, equivale a decir extrem de la creación de una minoría intelectual, conflicto tripe con el que swe ha enfrentado el grupo de escritoras aquí reunidas.

La poesía cubana que se empieza a publicar fuera de Cuba a partir de 1959, constituye una de las manifestaciones más sólidas y extensas de la literatura cubana en el exterior. Constituye una tradición que comienza a establecerse desde el siglo XIX y con la cual tiene que contar cualquier crítico que, más allá de estrechas posiciones ideológicas, se dedique a estudiar dicha literatura con debida seriedad. Dentro de ella los poetas juegan un papel de primera importancia que merece paarticular atención ya que sus obras son el testimonio vivo de experiencias ignoradas por la historia (...)

El caso de Amelia del Castillo es un ejemplo, entre muchos que podrían citarse, de una dedicación coherente al quehacer lírico. Nace en Cuba en 1925. En 1960 se traslada a Estados Unidos. Ha publicado Urdimbre (1975), Voces de silencio (1978), Cauce de tiempo (1982), Agua y espejos (1986), premio Cátedra Poética Fray Luis de León de la Universidad Pontificia de Salamanca, Las Aristas desnudas (1991), finalista del Premio Letras de Oro de la Universidad de Miami y Géminis deshabitado (1994), finalista del premio Carmen Conde de 1992.
Su lírica que comienza con una dirección religiosa y mística se va volviendo cada vez más intimista, más introspectiva. Si en un principio trataba de llegar a Dios, aspira, en sus libros más recientes, a un conocimiento profundo de sí misma, a un encuentro completo y total con su otredad. Se reconoce como un binomio indivisible, aunque integrado por elementos disímiles, tan contradictorios, que por momentos se convierten en enemigos el uno del otro. En Géminis deshabitado la voz lírica expone esa escisión en un poema en que la autora parece aconsejarse a sí misma:

No confíes
del árbol que se abraza a tu sombra
ni de fuente que cante repitiendo tu voz
ni de la lluvia lenta que remeda tus lágrimas
ni del eco extraviado…
Y sobre todo, hermana –enemiga hermanada–
desconfía
del yo, del tú, del nuestro,
de la otra que asoma repitiendo tu imagen
y en tu imagen se queda
repetidas las dos.

Enemigo de nuestro propio ser se alza este otro “yo” que parece oponerse totalmente a ella. Amelia del Castillo nos descubre el “yo/ella” que la integran.

De este lado la luz. Allá la sombra/Entre las dos el nudo que nos une…/ ¿Tu memoria y la mía dos memorias?
Y el espacio poético se va llenando de indagaciones y enfrentamientos producidos por esta dinámica duplicidad estética. En las últimas páginas la autora parece llegar a la verdad última que encierra su poemario.

Aquí, en la media verdad donde es a medias
la madre, la mujer, la esencia, el fuego…
A medias yo y la otra y quién sabe cuántas y ninguna.
A medias por la vida que es al fin andar a medias
por la primera y última espiral
que nos conmina.

Multiplicidad y unidad en los aconteceres de una vida que ahonda en el misterio de su propia identidad.

A partir de la década del ochenta hasta el momento se unirán, a las poetas ya mencionadas, otro grupo de mujeres poetas con nuevos aportes, que extienden considerablemente el carácter de una contribución a la lírica cubana que no se detiene y que se vuelve, decididamente, un hecho permanente.
A riesgo de omisiones, Magaly Alabau, Carlota Caufield, Belkis Cuza-Malé, Mercedes Limón, Alina Galiano y el caso, particularmente significativo, de María Elena Cruz-Varela, son algunos nombres representativos de escritoras que publican poemarios merecedores de mayor atención crítica para establecer claramente las direcciones temáticas y estéticas de las letras cubanas de la última parte del siglo XX.


JIMÉNEZ, LUIS A.- Profesor, crítico literario.

El silencio en la voz poética de "Las aristas desnudas" de Amelia del Castillo.
"Monographic Review"- (Silence in Hispanic Literature).Volume XVI, Texas University, 2000.

Sin llegar a definirlo, el silencio absoluto no existe porque si el sujeto pensante no habla todo el tiempo, por lo menos, en su mente siempre se está reproduciendo un monólogo interior. En otras palabras, lo que no se dice oralmente implica que se está diciendo algo desde una voz interna que obviamente carece de discurso.
Tocante a esta interdependencia, Susan Sontag explica que en la estética del silencio "el artista que lo crea produce algo dialéctico" puesto que su presencia depende de la existencia del sonido o del propio lenguaje. Aclarada la antominia y la inevitable paradoja que se desprende de ella, se debe agregar que el acto de la palabra va acompañado con frecuencia de silencios. En efecto, son impuestos por una comunidad linguística del discurso bajo la pauta de lo no dicho, tan o más enfático que lo dicho.

También el silencio constituye una inmensa fuerza o poder que, sin decir nada, puede desarmar y destruir al hablante en continua comunicación con su oyente que, a veces, no tiene intenciones de escuchar nada. Algo similar ocurre con cualquier sujeto auditivo, pero que no quiere escuchar, se resiste y calla o con el reo acatador de su "derecho a permanecer silente".
Mediante este proceso entre interactuantes en el discurso se descubre la ocultación y el significado que el silencio trata de esconder. Y es ahora, con el desarrollo de esta dialéctica muda o sorda (por así llamarla), cuando el silencio pasa de la periferia al centro de la enunciación humana o no humana, si se incluye además el mundo animal donde predominan los signos guturales del lenguaje.

Contemplado desde esta órbita linguística, el silencio es una función vital del acto discursivo y, como parte de éste, produce voces cuyos significados se pueden leer en la página escrita o en la oralidad de la vida cotidiana, Por ejemplo, cuando se cesa de hablar en la iglesia, un concierto, museo o conferencia, se indica que se está creando un espacio místico o simplemente estético conducente a una futura oración, conversación, debate o escritura. De ahí que tanto el silencio como la voz aparezca con frecuencia en el texto literario. Ambos, se corresponden mutuamente, y operan como tropos del lenguaje: mientras uno habla, el otro escucha y viceversa. El propósito de este ensayo es analizar cómo el silencio y su correspondencia linguística con la voz se articula artísticamente en Las aristas desnudas, poemario de la escritora cubana Amelia del Castillo.

Antes de iniciar con el estudio del discurso poético de Amelia, conviene aclarar que los teóricos de la lengua coinciden unánimamente con el hecho de que la buena literatura reta el concepto del tiempo y el espacio, a favor de una fuerte dosis de silencio (Bruneau 22). Su imposición retórica en la escritura refleja la ambiguedad del lenguaje. Por ello causa cierto movimiento metáforico y paradójico de la palabra (Scott 155), alegórico como en el caso de la obra de San Agustín (Mazzeo 175-96) o místico en contacto directo con Dios (Jaksen y Stech 14-18). Puede convertirse en "La voix du silence", título de un libro sobre el arte de André Malraux, en Voces de silencio (1982), sugerente poemario de la propia Amelia o ser parte de la doctrina existencialista que sagazmente describe Jean Paul Sartre en "Situations" (Kahn 204-206).

Las aristas desnudas (1991), según la autora y coincidimos con su opinión, es el poemario donde más se lee sobre el silencio. De los cincuenta poemas en verso libre, recurre en una veintena de instancias líricas para ser más precisos. Si se repite frecuentemente resulta debido a que la repetición en sí sirve de pauta al silencio como en búsqueda de una respuesta incierta, proposición lógica si se examina con detenimiento toda la obra de la autora cargada de incuestionables interrogantes. Con la pregunta y el silencio que le acompaña, las palabras pesan más y se palpa el significado anímico de lo dicho con mayor carga como sucede en la letanía del poema "Credo". En el texto, la hablante, actuando también de oyente, repite un encuentro místico ante la omnisciencia y silencio del Creador:

Creo en Dios, en el camino azul para la pena,
en la mano extendida,
en el agua, la música, el silencio.
En la verdad, la poesía
y en las islas verdes.

Pese a este credo artístico, que conlleva un doble mensaje de difusión poética y telúrica (la Isla de Cuba), se sobreentiende que nadie está constantemente a la escucha del hablante. Por lo tanto, se intenta la ruptura del silencio por medio del socorrido uso de las "voces repetidas / este gritar al viento" que observamos en otros poemas como "Andando" y "Extravíos" donde la peregrina escucha las "voces" y "el sonido del viento".
Lo antedicho se explicita en "Promesa" con la repetición de un "Hay" en cinco ocasiones para reforzar la necesidad de ser escuchada. La forma gramatical "hay" proviene del verbo haber e implica la presencia de un sujeto lírico que reclama su escritura. Señala la hablante poética con la paradoja que la caracteriza:

Hay gendarmes del silencio, / de espaldas a la voz /alarido inconcluso

Por un lado, la referencia al guardia como agente enunciativo sugiere la protección preventiva de un enfrentamiento entre la voz que se aparta del discuro y la abstinencia linguística que predomina en éste.

Por otro lado, en un segundo nivel de lectura casi triunfa el silencio ya que sólo se emite un grito sin conclusión que se oye en el vacío bajo la mano del miedo, Este recurso metafórico subrayado es ambivalente porque el terror puede conducir al grito lo mismo que al silencio, paradójicamente visible en la "voz silenciada" y el "verso silenciado" que observamos en Las aristas desnudas. Sin embargo, mediante el mismo signo gutural y al extremo de lo paradójico, reaparece en el poema "Lázaro":

la inquietud del miedo
que no puede gritar porque ya es grito
que no puede llorar
porque ya es lágrima

En relación con el miedo perenne, se necesita hablar de él porque es ingrediente concurrente en el poemario. A diferencia de la cultura oriental en la que el silencio forma parte indisoluble del ejercicio de la mente, el cuerpo y el espíritu, en la occidental se convierte en el lenguaje oral o escrito del amor, la ira, la sorpresa, la ansiedad o el miedo mismo. Todas estas reacciones anímicas e innatas en la persona literaria hacen su aparición en Las aristas desnudas donde el silencio juega un papel tanto cognoscitivo como afectivo. En "Cuenta nueva", por ejemplo, detrás del amor surge el vacío que se expresa sonoramente por medio de una campana. Este signo repercusivo da paso a la repetición de la voz interior que exterioriza mediante voces y silencios una gama de emociones e inquietudes metafísicas:

Detrás de la voz que se nos queda dentro...
(campana a gritos de silencio)...
Detrás del amor que se nos seca dentro...
Detrás de cada yo que se nos muere dentro...

Además de la ambiguedad en estos versos, se refleja la típica paradoja de la hablante poética porque el grito indica la existencia de un sonido que se intenta decir. En el poema se complementa con la dialéctica del silencio matafóricamente ensamblada mediante la mano del miedo. Y en consonancia con la sonoridad expresada, en "Centinela", ante la presencia del guardia, se oye un "eco" que perfila la angustia "afilada y desnuda del silencio (en el) desierto" que el sujeto lírico experimenta. De hecho, en esta instancia discursiva la imagen acústica del "eco" contiene el efecto de un sonido lejano y repetido, la polifonía que se percibe. Por esta razón, se vale del “silencio”, espacio físico asociado a la soledad y el silencio.
La fuga, la evasión y el miedo en los versos carnavalescos de “Circo” se resuelven en “Conclusión”, texto en el que se grita “a las cuatro esquinas del silencio / a ver si oyen los sordos”. Precisa hacer un breve comentario sobre la figura del sordo en este segmento discursivo. Es evidente que el sujeto poético emplea y asocia con gran acierto la sordera del lenguaje del silencio para describir la paradójica e inexplicabe condición de su “yo” íntimo. El sordo habla pero no está completamente al tanto de la escucha. Como no oye, se encuentra sujeto a las reglas del silencio que solamente se rompe a través de las señales de un intérprete que conoce su lengua, y está encargado de descodificar el mensaje no percibido cifrado en la palabra, cuestión linguística de la cual Amelia está consciente.

La voz interior y, lo que es más importante, la inexistencia de un silencio absoluto insinuado al principio de este ensayo, reaparecen en el poemario de Amelia como “el grito sin voz que nos duele por dentro”. Aparte del obvio contrasentido, las voces internas que se oyen en el texto delínean un silencio escrito e impuesto por el sujeto parlante que también evoca la soledad en dos poemas claves de Las aristas desnudas como se verá más adelante. El hecho de estar sola se manifiesta como una separación de las relaciones sociales para mantener la preservación de la privacidad. La soledad promueve el silencio mental con mayor magnitud pero no se ajusta al sentido semántico de la pabra silencio: la hablante, como cualquier ser humano, puede estar hablando o cantando en confinamiento solitario. Pudiera también estar enfrascada en un “Monólogo” o “Sololoquio” (Cauce de tiempo) porque la autora, inclinada a este prodedimiento retórico, lo mediatiza como título en dos de sus poesías.
¿Por qué la persona lírica se dirige a sí misma y a solas en el poemario? La justificación reside en el simple hecho de que la soledad requiere una fuerte dosis de disciplina reglamentada por el silencio como en el caso del discurso místico a la búsqueda de la contemplación. La propia Amelia, alerta a la intertextualidad, conoce bien a fondo que en la literatura universal Shakespeare es el maestro del soliloquio, lo mismo que Calderón quien establece el monólogo de Segismundo en La vida es sueño, sin dejar de mencionar, más recientemente, a Virginia Wolf.

Hay, por lo tanto, cierto enfoque posmoderno por parte de la autora cubana de incorporar el clásico monólogo a su escritura poética. No es de extrañar tampoco que a menudo se inspire y cite en su discurso poético a Dulce María Loynaz, una de sus fuentes inspiradoras y máxima exponente de voces y silencios.
Hilvanando la soledad a “Compañera”, el primer poema que nos ocupa, articula la voz y la música al insomnio y al vacío, la nada que convoca al “canto y la palabra”. Al unirse a la soledad, el “yo” lírico evoca el transcurrir del “tiempo” a través del “espejo” en una misión estética confusamente transformada en “laberinto del poeta”.
El segundo, “Soneto desolado”, no sigue en su contexto la estructura sugerida de este tipo de composición. Anuncia la llegada del silencio ante la soledad desnuda que la embarga. Evoca en este texto una dialéctica de la sordera y la mudez a la vez. Recordemos de nuevo la figura del sordo que habla pero que no oye, o el que oye pero permanece mudo como personaje silente del discurso. En este poema la disparidad notada anteriormente conduce a la paradoja que la abstinencia verbal promueve: “Fue la voz / que ensordece de tan muda”. ¿Es esta voz, además de sorda, muda?
En la obra de la autora nos topamos con fenómenos linguisticos desconcertantes y sin respuestas, Pero, sin duda alguna, el lector avisado los capta al interpretar la correspondencia entre el silencio y la voz, lo que propicia con efectividad discursiva la comunicación expresiva deseada en un entrejuego ininterrumpido con la palabra.

Otro gesto metafórico relevante en el poemario es “la jaula del silencio”. Resulta significativo, porque se relaciona con la polivalencia simbólica del ave, que recorre con sus alas poeticas no sólo Las aristas desnudas, sino toda la obra de Amelia (palomas, golondrinas, cuervos, avestruz, ruiseñor). Al encerramiento linguístico y voluntario de la hablante lírica se contraponen la música (Amelia es aficionada a este arter) y el canto de los pájaros. Por eso, se logra escuchar un “rumor de alas” que repercute en el espacio literario. Al mismo tiempo, se resume la fórmula poética de la autora: “la lira, el verso y la palabra / tu voz silenciada está despierta”. Entre murmullos ensordecedores, la música, la poesía y el lenguaje se acoplan con ingeniuosidad estética en este trozo discursivo.

Además de texto literario, Las aristas desnudas podría considerarse el perfecto muestrario de sicolinguística experimental debido al dominio técnico y temático con que la autora correlaciona el inexorable concepto del tiempo con el silencio y los estados del alma. Aparecen siempre acoplados a la palabra, el verso y la voz, o sea, a la comunicación linguística. La hablante poética reflexiona sobre la brevedad de la existencia marcada por el “mordisco del tiempo” y “la sangre del tiempo”, hasta enmascararlo bajo la “túnica del tiempo”.
A nuestro juicio el poema X, dedicado a su compatriota Lucas Lamadrid, condensa con má precisión estilística la idea del tiempo, el silencio y la voz. Los tres se aúnan a la necesidad de echarle una ojeada a la esencia ontológica y anímica como tránsito de escape. Esta observación nos permite entretejer brevemente dichos temas en el poemario que analizamos y otro que le precede, Cauce de tiempo: “Y fue la esencia que no tuve / la luz de los silencios y el silencio” (56).
Contrario a otras poesías de la autora donde persiste el monólogo de una voz interior, en el poema X el diálogo forma parte central del intercambio comunicativo del lenguaje. De nuevo, regresamos a la formulación de un “arte poético” al involucrar con la repetición acostumbrada su misión artística en el discurso:

Amigo, volveremos a hablarnos
cuando sea el silencio más silencio.
Cuando el tiempo desconozca relojes y caminos
Cuando encontremos la palabra aquella
–la precisa, la exacta-
que se fugó del verso silenciado.

Estas líneas recogen la insistencia en los relojes, que sobresalen tres veces en el libro y en otras obras de la escritora. Citemos de pasada los “relojes y silencios” de Cauce de tiempo. Con o sin silencio, el reloj fija la cronología, marcando las horas sin cesar, pero más efectivamente en el poema deja la huella ineludible del tiempo. Visto desde este contexto, “la voz del tiempo largo” clava en los “aguijones del ayer”, en el “aguijón del recuerdo” y en los “hilos del recuerdo”. Lo mismo se podría afirmar de la cultura cronológica actual donde el silencio es el lenguaje del tiempo y viceversa. Se representan con el símbolo del “oro”, la economía de la palabra o la “metáfora generativa” en la terminología de Ron Scollon.
Por añadidura, los recuerdos del “ayer” grabados en la memoria entroncan rápidamente en la página escrita de “A la medida” con un “hoy desmesurado”.
Tal vez el mayor logro de la temporalidad radique en “Caracola”, otro texto poético donde por medio del recurdo se evoca el recorrido del tiempo hasta llegar al futuro, no sin antes recurrir a la pauta de irresolución con el empleo de los puntos suspensivos:

¡Caracola-recuerdo!
Lluvia larga de tiempo por el tiempo…
Con ella iré,
con todo lo que fluye y canta
caracola-recuerdo.

Como la hora del reloj en el poema X, la concha en espiral inexplicablemente aleja cada vez más la temporalidad del centro del discurso. Con movimiento centrípeto se desplaza a la “orilla del tiempo”. Igualmente sin explicación, la telaraña de silencios” y las “luces del silencio” que la “mirada azul contempla” se quiebra en el “silencio azul de la palabra”. Al resumir con este conjunto sinestésico, se comprueba que Amelia del Castillo, y su sensibilidad poética acusada por el destino, manejan con destreza discursiva el arte colorido, acústico y palpable del lenguaje.

En conclusión, hablar del silencio en la poesía de Amelia del Castillo, y en especial en Las aristas desnudas, implica admitir la presencia de una voz lírica que lo reproduce gráficamente en la escritura. Aunque parezca paradójico (y lo es), la autora se vale de dos tropos tan disímiles porque realmente necesita escribir sobre el silencio, componente riguroso de su producción literaria. Y la representación textual del mismo le permite al destinatario de su obra leer, oír y palpar lo que sin reservas la poeta desea expresa. De ahí, esa dialéctica muda (o sorda) de voces silenciadas y gritos sin voz con la que tenemos que bregar al examinar un discurso poético sumamente comunicativo. Una vez escrito el texto, el silencio desaparece y se resuelven lan antonimias y paradojas trazadas en él, en pos de la desnudez del lenguaje.

LAMADRID, LUCAS.- Poeta.

del Castillo, Amelia, Voces de silencio,
(Miami, Florida, Hispanova de Ediciones, 1978. 113 págs)
"Círculo: Revista de Cultura", Vol. X, 1981.

La reseña de un libro tiene por objeto su análisis y crítica, y -según el caso- la recomendación al público para que lo lea, o se ahorre el disgusto de leerlo, pero es que Voces de silencioes un poemario extraordinario; explotó ya -por así decirlo- en 1978 y muchos de sus versos se han reproducido en Círculo Poético, Diario las Américas y otras publicaciones de Hispanoamérica y España. El querido Fernán de la Vega incluyó algo de este tomo en uno de sus leídos y apreciados "Pim-Pam-Pum". Nada específico me queda por comentar sobre el mismo como no sea su significación dentro de la evolución general de la poesía de Amelia del Castillo.

Los poetas cubanos que emigramos ya adultos trajimos las taras de las distintas escuelas literarias que se sucedieron o coexistieron en nuestra patria durante las últimas cuatro décadas que precedieron a la revolución de 1959. (Alguna vez, con más tiempo y espacio disponibles, me extenderá sobe el tema). Y Amelia -una de las más jóvenes en el grupo de adultos a que me refiero- vino con su formación tradicional y el recato expresivo de su origen y de sus hábitos estéticos. Y publicó Urdimbre (99 páginas) en 1975, una selección de poemas -algunos de su adolescencia- que demostraba el dominio por la autora de todos los resortes de la versificación y algunas cosas más, como -por ejemplo- una audacia de imágenes ("sabe que estarás en mí/ cuando a tus fantasmas vuelvas" - "barca sin rumbos en mi herida abierta" - "apretada de nudos/ suelta y enraizada"); un erotismo intenso, pero nunca "clitórico" -para usar un término brillante de Carlos Alberto Montaner- sino como olorosa exudación de su delicada feminidad ("tu caricia despierta va desandando trillos"). Es tan nítido y delicado el erotismo de Amelia en estos versos de juventud, que nunca se manifiesta más atrevido que cuando lo ofrece a las manifestaciones de la Naturaleza (" te espero, mar.../ Cuando mi sombra vuelva del olvido/ y tu rumor se acalle/ me acostaré en tus simas para dormir contigo")

En la técnica creacional Urdimbre es un muestrario de recursos poéticos; no sólo en el manejo de las formas tradicionales, sino eventualmente con audacias polimétricas bien combinadas. La temática es eiempre subjetiva: la vibración interior de la poetisa. No obstante, hay dos poemas anecdótico-descriptivos de calidad antologable; uno es el agua fuerte "Fiesta negra" -de franco tono lorquiano- y el otro la acuarela sosegada de su adolescencia "Soneto de todos los días" -de rigurosa factura clásica-. Urdimbre muestra una verdadera poetisa, y la promesa que contiene alimenta el anhelo de un próximo libro. Dos años después -en 1977- se publica Voces de silencio.

¿Debe entenderse que es una colección de versos de la poetisa escritos en ese período de dos años transcurridos desde Urdimbre? No. Los iniciados en esa Magia indescifrable de la creación poética saben que la integración de un poemario no tiene que ser necesariamente cronológico. Un poema no nace cuando se escribe, sino cuando el poeta lo libera y lo canta o se lo grita al mundo. Baste la afirmación de que es, en conjunto, un poemario mucho mayor que Urdimbre. Su temática es igualmente subjetiva. La feminidad de la autora es la misma, sólo que ahora más madura y más sobria ("me he entibiado de lunas y de auroras"); el erotismo menos exhuberante, pero quizás más intenso ("sé en mi surco raiz/ que brote de mí misma/ y me alcance hecha luz o enredadera" - "Lávame con tu llanto, vísteme con tu risa,/ déjame entre tus cosas/ olvidada en tus sueños" - "Deja que mis caminos acaricien tus huellas"); las imágenes menos profusas, pero más vigorosas y originales ("... las cenizas arden recordando a sus muertos" - "...la nieve en una blanca soledad compartida"). Hay en este poemario un reflexivo estreno de palabras; verbos como "jinetear las olas", o "se humedece el recuerdo y se esperanza", y adjetivos como "en pasto magnánimo y sencillo". En el orden ya específicamente creacional, el verso polimétrico es mucho más despreocupado de cadencias y, por supuesto, de rimas; llegando a una forma perfectamente libre en un pequeño cuanto bellísimo poema de adiós a un amigo muerto ("la sombra atrás, siguiéndote en la sombra:/ anticipando el vuelo./ Y tú en el vuelo conquistando espacios,/ abrazado a la luz,/ alcanzando horizontes.../ Liberado de sombras y caminos").

Voces de silencio es obra de absoluta madurez, que permite exclamar a la poetisa en uno de los últimos poemas del libro, con seguridad profesional -si es que este calificativo puede usarse en Poesía, y yo creo que sí- "mi poesía soy yo/ atada al polvo, al vendaval y al cielo". Ahora bien. ¿Se libra Amelia del Castillo de todas sus "taras" estéticas -aquella a que aludo al comienzo de esta nota crítica? No del todo. Es muy difícil romper con nuestra genealogía literaria. Para ello necesitaba Amelia de un poco más tiempo y, acaso, de otro poemario. Pero lo logra plenamente en Cauce de tiempo, todavía inédito y en el que, por lo tanto, no debo entrar ahora. Lo menciono porque su existencia ya es pública: le fue conferido hace un año el premio "José María Heredia" de la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte, de esta Ciudad. ¡Aguárdenlo! Pero lean, mientras tanto, Voces de silencio para que se identifiquen con su "callar a gritos" que dijo Orlando Rossardi, otro gran poeta.

LÓPEZ CRUZ, HUMBERTO.- Escritor, ensayista, profesor,
University of Central Florida.

La contemporaneidad político-social en un cuento de Amelia del Castillo,
Círculo de Cultura Panamericano, Congreso de Verano,2002.

La escritora cubana Amelia del Castillo, quien se ha distinguido a través de su carrera literaria por la publicación de múltiples poemarios, ahora nos entrega una colección de cuentos agrupados bajo el título De trampas y fantasías. No obstante, no podemos caer en la trampa de presuponer que esta es su primer cita con la narrativa ya que la poeta ha publicado cuentos con anterioridad apareciendo los mismo en revistas y antologías; sin embargo, esta sí es la primera vez que del Castillo decide publicar su cuentística dentro de un mismo volumen.
La poeta abandonó Cuba a raíz de la revolución castrista de 1959. Como es de suponer, debido a superioridad numérica, la crítica se ha enfocado en la labor poética de la escritora. El nombre de Amelia del Castillo ha merecido aparecer en antologías y estudios como "A Century of Cuban Writers in Florida", editada por Carolina Hospital y Jorge Cantera, y en "El peregrino en comarca ajena", de Carlos Espinosa Domínguez. Esto es sólo para mencionar dos publicaciones, una en inglés y otra en español, que han intentado aunar y difundir la literatura cubana publicada fuera de la Isla.

Ahora bien, el propósito de este trabajo es analizar la contemporaneidad político-social de uno de los cuentos insertados en De trampas y fantasías, o sea, me refiero a “Un bote a la deriva”. El epígrafe de este cuento, ( De gusanos y cacerías), es bastante significativo si lo relacionamos con la actual situación política en Cuba. Siendo gusano el término peyorativo con el que se denomina a cualquier individuo opuesto a la dictadura imperante y conociendo la cacería que se lleva a cabo contra cualquiera que intente abandonar la Isla, no sorprende que del Castillo nos anticipe un relato donde la narrativa refleje un día cualquiera de la Cuba contemporánea. Es la cacería que sufre, con la que se acosa a cuaquier individuo que no comulgue con la doctrina oficial. No hay más que repasar la prensa local para informarse de la cantidad de cubanos que intentan abandonar la Isla clandestinamente e ingresar en los Estados Unidos del mismo modo (repasar el texto de Catherine Moses, "Real Life in Castro´s Cuba", donde la autora recoge testimonios del pueblo cubano además de sus dos años de experiencias durante su estadía en la sección de intereses de Estados Unidos en La Habana durante la década de los noventa).

En su cuento, del Castillo capta un instante en un albergue de labores agrícolas: “una centena de hombres pagando por su derecho a la libertad”; aquí trabajan gusanos que han pedido salir del país y que para lograr tan ansiado permiso se les impone antes acumular cierto tiempo realizando dichas labores.
Una vez fijado el espacio es posible afirmar que el tiempo carece de importancia; puede ocurrir en cualquier momento. Del albergue quieren fugarse tres individuos para acceder a la costa cubana donde en cualquier tipo de embarcación ganar las costas norteamericanas. Ha habido ya algunos fracasos, y compañeros de los que ahora quieren escapar han sido acribillados a balazos por los guadacostas cubanos mientras escapaban. El protagonista nos informa: “Y otra hamaca vacía, más allá, al otro extremo del establo. También ése tratando de escapar y también ametrallado junto al bote”.
La historia del balsero cubano vuelve a reescribirse como se ha hecho otras veces; la novela de Josefina Leyva, Los balseros de la libertad, es un buen ejemplo.

Hasta aquí la narrativa puede compararse y confundirse con una noticia redundante en diarios nacionales e internacionales. Este es precisamente el logro del cuento: del Castillo reproduce la realidad cubana de modo que el cuento expone una denuncia y al mismo tiempo deja constancia de un éxodo no documentado explícitamente que ha dejado incalculables muertos en las agua del Estrecho de la Florida. La autora parte de la realidad para crear su literatura; la narrativa responde al caos existente en la Isla y a la resistencia del individuo de continuar siendo parte de un régimen totalitario.
El cuento, sin embargo, aporta aún más. Aunque poco sabemos de los personajes, la autora proyecta el drama en ciernes de forma que el lector tiene que concentrarse en los tres hombres que clandestinamente abandonarán el país. Al mismo tiempo, el lector presiente que un destino nefasto ya ha decidido la suerte de los protagonistas. Es el destino que, a pesar de aparecer como ficción en el texto, representa la realidad cubana; es el riesgo que corre todo individuo que intente abandonar el país de esa forma. Tomando en cuenta que “las cifras de cubanos que tratan de llegar a las costas floridanas son regularmente altas durante las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, presumiendo que son menores los niveles de vigilancia en los días festivos” (Cancio Isla “Rescatan…), nos indica que el abandono clandestino del país sigue siendo una realidad cualquier día del año, aunque el número incremente durante determinadas fechas
. La noticia periodística es el centro de la trama que se ficcionaliza para a través de este disfraz dejar constancia del enunciado denunciativo que señala del Castillo. El pasaje bíblico del Génesis vuelve a repetirse: Caín sigue asesinando a Abel. La división politíco-social establecida en la Cuba contemporánea hace que el individuo se vuelva contra sí mismo, contra los suyos, y el texto de del Castillo recoge con fidelidad la zozobra que padecen los personajes en los momentos que preceden al abandono de la Isla.

Otro punto que merece singular atención es la traición que enfrenta el lector en el cuento. El pequeño grupo de tres hombres que intenta huir cuenta con un traidor como uno de sus elementos. Es necesario reflexionar sobre la veracidad ficcionalizada de este fragmento del cuento. Si recordamos que en 1996 las autoridades cubanas derribaron dos avionetas de “Hermanos al Rescate” acusándolos de volar sobre aguas territoriales cubanas, también podemos recordar la deserción de uno de los integrantes de dicha organización humanitaria pocos días antes de la tragedia. Del Castillo continúa yuxtaponiendo la realidad cubana con su creatividad literaria: “Antonio se alejó. Quería, necesitaba estar solo. Pensar, ordenar sus ideas y, sobre todo, escarbar en aquella desconfianza que le crecía por dentro. El lector que esté informado sobre la realidad cubana presiente que la trama lo va a llevar por un terreno conocido teniendo el fraticido como desenlace.
Si se intenta desconstruir la trama de “Un bote a la deriva”, el esquema que proyecta el análisis indica la causa y efecto de la narrativa: la presión deviene en muerte. Como parte del proceso de rebeldía , el personaje se inmola puesto que es consciente que va a una muerte segura al haber sido delatado. El efecto, en este caso, es la causa del texto de del Castillo: plasmar un instante de la historia del balsero, que a pesar de ser muchos lo que logran su meta de escapar del país, también son muchos –los no contados– los que perecen en su empeño. Traigo a colación uno de los puntos que ofrece Jonathan Culler sobre la deconstrucción textual: La distinción entre causa y efecto hace de la causa un origen, lógica y temporalmente prioritario. El efecto se deriva, es secundario y dependiente de la causa. Sin investigar las razones o las implicaciones de esta jerarquización, señalemos que, operando dentro de la distinción, la deconstrucción cambia la jerarquía produciendo un intercambio de propiedades. Si el efecto es el que causa a la causa su conversión en causa, entonces el efecto y no la causa, debería ser tomado como origen.

El cuento de del Castillo encaja bajo esta propuesta si se considera que la destrucción del individuo por el sistema que lo oprime es la causa de llevar a cabo la denuncia. Si esta premisa es aceptada, entonces es fundamental llevar a cabo una lectura regresiva donde la consecuencia de la acción sea el propósito que rija el cuento. La actualidad de “Un bote a la deriva” se hace evidente ya que el sistema social que impera en la Isla aún está vigente; la realidad social que antes apareciera como telón de fondo para darla paso al conflicto de los personajes, ahora se presenta como actante ofeciendo una lectura tan agresiva como resistiva. Esta multiplicidad discursiva del relato valoriza el cuento en su estructura y ofrece una pluralidad de aproximaciones que de otro modo no hubiera sido posible

Para concluir, el artículo periodístico de Cancio Isla, “En el misterio la suerte de cinco inmigrantes”, se coteja directamente con el final de “Un bote a la deriva”. La oración final puede establecer la intersección entre la ficción y la realidad. Después de ametrallar a los que intentaban dejar atrás las costas cubanas, la voz de la autoridad exclama: “Dos gusanos menos. ¡Vámonos!”. La realidad cubana vuelve a imponerse en el texto alertando sobre dos vidas más que ha cobrado el éxodo clandestino. El cuento de del Castillo resume en breves páginas una historia de resistencia que por su autenticidad se enfrenta y reta al régimen dictatorial de la Isla. La contemporaneidad del enunciado alertador, devenido ahora en denunciatorio, no podía ser más oportuna. Del Castillo ofrece una ficción de la que es imposible arrancar la realidad; o tal vez, una realidad con tonalidades de ficción. Queda de parte del lector elegir la definición que más se aproxime a su visión crítica.

PAZ, LUIS DE LA.- Escritor, columnista.

Palabras al vuelo.
“Diario Las Américas” - Viernes 23 de marzo, 2012.
La Revista Comenta/ La Revista del Diario.

A lo largo de sus vidas, muchos escritores ofrecen charlas, dictan conferencias y abordan temas que no son propiamente lo esencial de su obra, como pueden ser la poesía, la narrativa o el teatro, pero que de alguna manera les permiten exponer sus ideas y reflexionar sobre temas muy puntuales. Algunos escritores también deciden poner en orden esas intervenciones y las ordenan en un libro. Eso es lo que ha hecho la poeta y narradora Amelia del Castillo Martín con Palabras al vuelo (Ediciones Baquiana, 2012), una recopilación de diecinueve trabajos, la mayoría de ellos presentados en distintos eventos culturales.
En sus Palabras iniciales, la profesora María A. Salgado, de la Universidad de North Carolina, señala que estos textos “recorren el pensamiento crítico-poético de Castillo a partir de 1978, subrayando el impacto del exilio en sus circunstancias vitales y en su visión poética”.
Aunque el índice parece diferenciar tres grupos de textos, en realidad hay una continuidad en el cuerpo del libro, sin distinción, lo que lleva a artículos muy cubanos y muy latinoamericanos, poniendo en alto los valores de la literatura hispanoamericana.

Del Castillo abre destacando el impacto que tuvo la poesía de Walt Whitman en el poeta y patriota cubano José Martí, citando de este último algunas frases sobre la grandeza del escritor norteamericano. Del Castillo también se adentra en la obra de Alfonso Reyes, al que cataloga como uno de los escritores “más brillantes y completos de Hispanoamérica".
El libro recoge ponencias presentadas en coloquios internacionales, donde Amelia ha tenido la oportunidad de resaltar la obra de destacados escritores cubanos, como Agustín Acosta, Lucas Lamadrid, Pura del Prado, Elena Iglesias, Ángel Cuadra y Orlando Rossardi. De manera que es posible adentrarnos en la obra de escritores que han fallecido, pero también en el análisis de autores contemporáneos, cuya obra aún está en plena efervescencia y tiene marcada vigencia.
Una parte importante de estos artículos de análisis profundo y desarrollo inteligente, enfatiza la realidad cubana, el impacto del exilio en la obra de los cubanos. El ensayo "La Isla en tres voces femeninas del siglo XX", le brinda al lector su valoración sobre la obra de Ana Rosa Núñez, Martha Padilla y Pura del Prado: "Tres voces líricas perfectamente definidas que se hermanan en el desgarrón del exilio."

En esta temática del destierro, destacan las palabras pronunciada por la autora en Rutgers University, en New Jersey, en 1988, durante el encuentro "Fuera de Cuba/Out of Cuba", donde realizó un sólido recorrido por la literatura y el exilio, que llevaba implícito un llamado a la libertad. En fechas más recientes, en el 2001, durante el encuentro "Cuba en la distancia", celebrado en Cádiz, España, Amelia del Castillo expuso en "Entorno a la censura y autocensura en escritoras cubanas del exilio", donde se refería a la censura que obliga a mirar más allá del yo violado y del horizonte ajeno: la censura que conduce al exilio.

Todos los trabajos que integran este volumen, tienen una fuerte función didáctica e informativa, que seguramente apreciarán muchos por la manera en que se resaltan los valores estéticos de figuras literarias, algunas de ellas ya casi olvidadas. Textos amenos, lejos del aburrido academicismo, textos que van de la mano de la sensibilidad de una poeta.

PIÑERA, HUMBERTO.- Pensador, escritor, ensayista, profesor.
Universidad de La Habana, Biscayne College, Miami.

Poesía y tiempo
"Diario Las Américas", 3 de marzo, 1983.

De todas las llamadas "bellas artes", sólo música y poesía son esencialmente tiempo, pues las demás requieren del espacio para manifestarse, como sucede con la danza, la pintura, la escultura y la arquitectura. El espacio es, en consecuencia, la posibilidad formal de todas ellas, como acontece también, curiosamente, con la literatura (drama, novela, cuento). Ahora bien, si todo lo contrario sucede con la música y la poesía, ello se debe a que ambas son, esencialmente, tiempo que jamás se temporaliza -pues esto último es algo así como la "espacialización" del tiempo- sino que, como dice Heldegger, se "temporacían", es decir, que jamás consiguen sobreponerse al tiempo y, por lo mismo, detenerlo, que es el único modo posible de temporizarlo. En otras palabras -para quizá entenderlo mejos-, el puro tiempo sólo se da en la música y la poesía. Ahora bien, ¿qué significa todo eso de un puro tiempo dable sólo en dichas dos bellas artes? Además, ¿por qué semejante privilegio?

Mas si el hombre es esencialmente tiempo, en lo cual consiste su existencia, todo intento de expresarse lo inautentica al espacializarlo, fragmentando y dispersando, acá y allá, la integridad de su ser. Por otra parte, ha de hacerlo para escapar al peso del tiempo, que lo arrastra opresoramente, tirando siempre de él mediante aquello que solemos llamar unas veces recuerdo y otras nostalgia.
Pues bien, cuando el poeta alcanza ese momento (¡otra vez el tiempo!) en el cual siente profunda, decisivamente, su absoluta consistencia temporal, entonces, ¡claro está!, la poesía se vuelve un ir y venir por el tiempo, una continua nostalgia de la cual necesita a fin de reencontrarse, o sea ese recobrar "el tiempo perdido" del que, con su maravillosa morosidad nos habla Marcel Proust.

Tal es el caso de la admirable poetisa que es, sin lugar a dudas, Amelia del Castillo. Al volver ahora sobre tres de sus libros más recientes: Urdimbre (1975), Voces de silencio(1978), y Cauce de tiempo (1981), advierto claramente cómo esta ¡hija pródiga! del tiempo regresa contrita a la originaria fuente de lo poético.
Distraída en andanzas más o menos lícitas dentro del tiempo, entrevé de pronto que ha sido infiel a su destino, y, con lúcida percatación de ese desvío, se deja envolver por el tiempo, "destemporalizándose" todo lo más posible en la única forma dable a poeta capaz de saber que si bien es imposible dejar de pecar, esto se justifica -como en el caso de todo "hijo pródigo"- por la necesidad de "re-construirse". Recuerdo y, sobre todo, nostalgia son los modos eficaces del reintegro al cauce original, o sea al tiempo, de vuelta ya de esas mil una escapadas en un ámbito que, como el poético, por ser circular, nos devuelve al punto de partida.
Esto es Cauce de tiempo, es decir, nostálgica rememoración de tanto ir y venir por esas circulares galerías que devuelven al poeta al comienzo, pues no es que jamás llegue, sino que ni siquiera sale. No en balde Amelia nos dice:

Hace tiempo que vago por mi sombra, -abierta a surcos de mi voz gemela.

Y en otra ocasión:

¡Qué voz de tiempo/ doliéndome de siempre por los pinos!

hasta dar de bruces en este confiteor:

Te siento, Dios, dentro de mí
cuando la vanidad me asoma;
cuando me achico
hasta el grano de polvo de mí misma;
cuando sudan tristezas mis caminos
y me empino doliéndome de tiempo...

Pero hay algo todavía más llamativo y es ese momento de impresionante in crescendo, que se expresa en forma de contenido grito:

¡Cómo me llama el tiempo que no ha sido! / A él voy como al regreso, como a la mar el río.

Estoy casi de vuelta / aunque no me haya ido.

Pues, en efecto, ese tiempo no-sido es el temporalizador de anteriores incursiones poéticas cuya expiación es menester llevar a cabo. Porque, claro está, tal como lo dice en otra ocasión:

No sé por qué caminos ni en qué auroras / se escaparán mis pájaros de tiempo.

He ahí el pecado de la poesía, la rebelión contra el tiempo, y como, desde luego, la pura temporalidad es olvido de sí mismo, preciso es hacer lo contrario:

Regresar del olvido es afirmarse.

El tiempo hace y deshace, sin que sea posible soslayarlo, salvo mediante su temporalización -tal como lo lleva a cabo el poeta-. es decir, creándose él a sí mismo en multitud de formas de expresión. De ahí que Amelia pueda decir dolidamente:

Por el camino el siempre reguero de mí misma, madurándose al tiempo.

En consecuencia:

Deja que viaje intrépida - sobre el lomo del tiempo.

Nostalgia de tiempo, de ese "perdido" tiempo en que consiste, al fin y al cabo, todo humano quehacer. Nostalgia de uno mismo, al comprobar que hemos de dejar de ser si queremos ser, y que si no llegamos es porque no salimos. ¿Es así realmente? Amelia parece corroborarlo en esta delicadeza poética titulada "Tedio de todos los días":

Este vivir a ratos,
este afanoso tedio de tarea cumplida...
¡Si me atreviera a soltar los hilos
del amarillo nudo programado!
Si me atreviera...
girarían los minuteros dislocando las horas
y las horas al día
y el día al tiempo desatado.
¿Qué fiesta de horas mías
desligadas de esferas!
¡Qué de surcos abiertos y semillas hambrientas!
¡Qué caminos de ideas y música y palabras
si me atreviera…!

ROSSARDI, ORLANDO.- Poeta, ensayista, editor.

Fugacidad del asombro de Amelia del Castillo.
Círculo Cultural Español, Miami, 11 de enero, 2010.

Estamos ante un libro más de poesía, esta vez un libro más de poesía de Amelia del Castillo. Un libro diferente e igual, único y semejante a los libros de la poeta amiga que por tantos años ha prodigado versos y nos ha regalado con ellos –quiéralo o no-- casi todos sus secretos, secretos que los acostumbrados lectores de poesía podemos discernir de todo ese tinglado de que están construidos los poemas para fabricar esa especia de armonía que nos mantiene la vida en su mejor ritmo. Al abrir sus páginas nos leemos en ellas a nosotros mismos, vistos y reflejados en esos poemas que cazan en vuelo el instante vivido y los guarda en el papel para la pequeña historia nuestra y de ella, para que allí quede en ese hermoso naufragio de una página llena de letras que en mágica disposición harán las delicias de lo que llamamos literatura.
Tuve la oportunidad de repasar las páginas de este libro antes de ser publicado y en su momento me detuve en alguna que otra traducción de interés; y pongo énfasis en lo de traducción, porque este libro de poemas viene por partida doble, es decir, dos en uno, o valga aquella promoción de tienda por departamento, “compre uno y llévese otro” por el mismo precio. Porque cada poema trae su traducción al inglés, una traducción que la misma autora ha llevado a cabo, cuando se hartó de que algún que otro traductor no conciliara su traducción con la “virginidad” de su creación en la lengua de origen. Dirá la misma poeta al comienzo del libro:

Nota intrascendente.
Siempre he pensado que sobran notas y aclaraciones en un libro de versos; sin embargo, me atrevo a incluir estas líneas sobre la traducción de los poemas. Pude dejar esa tarea a un poeta norteamericano, pero temí que la influencia de su propia literatura le hiciera perder el matiz de mi poesía. Espero que mi voz les llegue en esta personalísima versión de Fugacidad del asombro.

Empezando por el principio que debe de ser todo aquello que comienza por A, como comienza el nombre de nuestra autora A de AMELIA, siguiendo la norma alfabética y con respecto al libro en cuestión, primero, A de ASOMBRO, uno de los dos vocablos de que se compone el título de nuestro libro de hoy, del que dice nuestro diccionario: “Asombro, gran admiración, sorpresa o extrañeza, con sus sinónimos de maravilla y pasmo.” Añadamos además a esto la copiosa tradición que otorga a la juventud esa hermosa facultad del asombro. Unido a éste y presidiéndole hallamos la FUGACIDAD, valga la aclaración de la palabra: “circunstancia de ser fugaz, brevedad, rapidez” (cuyos antónimos son la persistencia y la eternidad), y cuyas diversas acepciones nos dicen de acciones de fugarse, de huidas, de salidas, de escapes y de pérdidas. Una de ellas, la más rítmica equivale a aquella forma musical basada en la repetición sucesiva de un mismo tema por distintas voces.
Magistral conjunto, que en su variedad y definición básica encierra un gran concierto con el cual complacer los más exquisitos oídos y las más altas y elaboradas ideas literarias.

Pues bien, la poeta ha armado un texto, bellamente editado por Baquiana, de 94 páginas, con 27 poemas en español y la misma cantidad en su traducción al inglés que hacen un total de 54 cuerpos poéticos a nuestra disposición, con cada poema dando, por separado, su razón de ser y juntos, luego, evidenciando su origen, el envión que los puso en el papel, su carta de navegar por mar abierto y, destacando –quiéralo o no el creador del poema— la persona y todos los recovecos que componen el alma del poeta y que nutre su fantasía. El poemario se divide en tres partes con un título cada una: Umbral, Poética y Presencia.
El libro expone ya en su título, por fuera, lo que veremos en un recorrido de sus páginas. Un poema de su primera parte lo encierra casi todo. Dice el poema:

Si vinieran por ti
los guardianes del templo,
no exijas que te lleven
en su carro de luces a repasar
los campos de la ausencia.

No indagues, no preguntes,
no reclames el sueño, ni el olvido.
¿Para qué sin memoria ni tatuajes
ni siquiera el polvo
del recuerdo?

Si vas a reclamar
reclámales cada hilacha de tiempo.
Ah…, pero no olvides que el tiempo
en espiral busca su fuga
y que en su fuga todo lo que es
nos hiere
y todo lo que fue
nos quema.

Estamos ante un secreto desvelado. El tiempo ha hecho su reclamo y ya no hay nada más que reclamar. Las palabras ausencia y recuerdo, muy presentes en la letra, cabalgan todo el poema. Algo ha pasado con el trajinar de las cosas vivas y la historia de hoy en día que ya no fluye como fluía. Todo se dilata, se hace más lento el “corso y el recorso”, y el paisaje se mete a ser paisaje no en su dimensión real sino en la figurada, mejor, en la recordada que se refugia en el templo. Tiempo y fuga juegan a las escondidas, o a la “gallina ciega”, a ver quien escapa primero por las esquinas del poema. Todo lo que en verdad queda es el dolor de la quemadura.

Estamos como niños asombrados, boquiabiertos, ante la huida de la vida que conocemos y que, como un tatuaje, nos ha marcado para siempre. Porque en realidad no quisiéramos huir sino permanecer. No quisiéramos escapar sino quedarnos a ver, día tras noche y noche tras día, los amaneceres y los anocheceres y, con ellos las caricias, los roces, los olores de las cosas amadas, los colores de las cosas queridas y las risas de una boca que no queremos que nunca se despida.

El poema es, como podría decir Juan Ramón Jiménez, decidor. Sus palabras nos alertan de lo que vendrá, y lo que sigue es eso TIEMPO agotado, saliéndose en callada algarabía como Voces de silencio que se escapan por su camino de extinción que no es otro que una especie de Cauce de tiempo. Y hemos traído a colación estos otros dos títulos de libros de Amelia del Castillo, uno de 1978 y otro de 1981, ambos publicados por Hispanova de Ediciones. Porque, efectivamente, dije antes que el poeta, la poeta, es otra y la misma, como dijo de mí Gastón Baquero en un prólogo a uno de mis libros. Porque quizás con los poetas sucede, en un momento de nuestra vida y de nuestros libros, que nos revelamos a ser lo que siempre hemos sido y ya permanecemos allí, anclados, aunque cambien ciertas rimas y ciertos ritmos, o sean otros los dibujos de las tapas de nuestros poemarios. Y es bueno que así sea, porque nos hacemos profundos y extensos como el mar, siempre otro, siempre el mismo.
Y porque Amelia del Castillo, en todo este recorrido, de tantísimos libros publicados, ha permanecido haciendo la misma pregunta que muchos nos hacemos, la que se hacen –y se harán-- tantos y tantos poetas, y llega a un rincón sin salida. Dirá la poeta en el poema.

Sin saber
cómo ni por qué me va cubriendo
este polvo gris de hueso o de ceniza lenta
que al primer toque de queda rompe
el filo de la luz,
echa a volar sus miedos y copula
con las enmohecidas
vírgenes del tedio.

Es
el adiós en fuga del asombro,
el atisbo de un luego sin ventanas,
el fuego ausente.
La noche sin corola
por abrir.

Aquí salta a proscenio el título del libro, en esta fuga del asombro que es, simplemente, una despedida a esa juventud, ese adiós a las cosas que vemos desde una ventana que quizás no ha de abrirse nunca más… Y de allí surgen las preguntas y las conjeturas. Por eso se cuestiona “¿A dónde ir cuando todo se haya ido…?” ¿Quedarse quieta y velar el horizonte? ¿Soltar amarras como una nave, ser nieve, ser flor?, ¿volver?, ¿Quedarse?, ¿Convertirse en piedra? -pregunta tan dariana-, ¿convertirse en ala, en música, en reflejo?

Ya en 1990, Eugenio Florit prologaba un libro de Amelia, Géminis deshabitado y apuntaba que allí “también (estaba) la presencia de las interrogaciones, de los porqués, llenando sus textos de una intensa inquietud, o bien de un ambiente de incertidumbre ante los grandes secretos de la vida, la ausencia y la muerte. Y además de todo ello, que no es poco, esa otra inquietud de ser una y la otra; de su doble personalidad en dramático trance. Ese ser o no ser en el que el escritor de versos –o el de prosa—se halla sumido y que, en este hermoso libro, sirve para mantener en vilo la atención de su lector. ¡Cuántos versos o no versos se escriben para tratar de contestarse a estas preguntas! Si lo que vale, a fin de cuentas, es el en sí y por sí de la pregunta cuando se manifiesta en un verso de la mejor clase como es el de Amelia del Castillo”.

Las palabras más repetidas (que acompañan y visten a las ideas que más la obsesionan) son recuerdo, ausencia (explícitas aquí y allá e implícitas en casi todo el texto) y las efes más afiladas del libro: fuga y filo. El objeto más a la mano para jugar con los espacios poéticos está presente en el espejo. Con estos elementos podemos construir la verdad del libro o entender lo que lo motiva.
Los poemas del poemario son breves, brevísimos muchos de ellos. Dirá en uno:

Estaba frente a mí
pequeña, frágil, los ojos anegados,
la sonrisa ausente.
¿Qué decirle, cómo explicarle
el signo, la misión, el tránsito,
la cruz…?

Quise abrazarla,
darle algo de mí que me sobrara.
Le acerqué mi sonrisa
y sonrió la otra
del espejo.

Ya conocemos por otros de sus libros esa dualidad presente en su poesía y a la que alude también Florit. Una de las características de esta poesía es el diálogo (¿monólogo?) que mantiene la poeta, casi constantemente, con ella misma. Se habla, se contesta, se encuentra, se rechaza, se acerca a sí misma y se acaricia, se aleja de ella y se angustia. Es como un eterno dialogar de alma con su cuerpo. Si ella misma es doble en el espejo, el mundo también se refleja en él, como haciendo dobles todas las cosas. Hay en la poeta, siempre, un adentro y un afuera, un espacio interno y uno externo. Conciliar ambos espacios es quizás la batalla más enconada que se trae entre manos Amelia del Castillo. La que más la intranquiliza, la que la asedia y, claro, vuelca luego en su literatura.
La calma a esta lucha de iguales (aunque distintas), de presentes y ausentes a un tiempo, la viene a dar en su vida y en su poesía la presencia del amor. Amor que aunque fue un día, queda hoy fijo y atado por los hilos de la memoria, en el poema vivo que se riega en la hoja en blanco. Dice, como con reproche “Sé que no hay espejos / que dupliquen ausencias”… , y se dispone a soltar las amarras, a cortar los hilos que la atan a esos recuerdos: “No te engañes. No insistas. / Corta los hilos, baje el telón / y descansen en paz las marionetas”.

El amor que creció en la vida, la vida moviéndose indefectiblemente hacia otros espacios y la pregunta que vuelve a aparecer, insistente y fiera, aquella que se hace la autora de Fugacidad del asombro: “Adónde ir / cuando todo se haya ido”, pregunta que se planteó el autor de Cantos de vida y esperanza, y que Unamuno un día lanzaba con angustia existencial, que Simone Weil se hacía cuando exponía que “el gran crimen de Dios contra nosotros consiste en habernos creado, en que existamos”, y aquel otro becqueriano no saber de dónde venimos ni adónde nos encaminamos, o la razón terrible de un Dámaso Alonso en "Hijos de la ira", preguntándole a Dios por qué se pudre lentamente el alma.

Y en la mención de esta presencia divina encontramos otra característica de la poesía de nuestra poeta y lo es la nota mística, nota que no es fácil de conciliar dentro del contexto propiamente entendido como místico donde podríamos hablar básicamente de dos tipos: la mística cristiana y la mística no cristiana. En el caso de la poesía de Amelia del Castillo debemos hablar de una mística que precede a ambas mencionadas y que podríamos llamar “premística” y que encontramos en la zona de lo natural, de lo más humano que no intenta buscar a Dios propiamente, sino encontrar lo más auténtico de nosotros mismos localizado en lo más íntimo de nuestro ser, y que mediante eliminaciones de cosas superfluas se halla en contacto con lo trascendente, sobrepasando –o queriendo sobrepasar en el poema-- tiempo y espacio, algo así como encontrar una zona ideal donde tanto el bien como el mal estén por debajo de todas nuestras razones poéticas.

En un hermoso poema, que tuvo la gentileza de dedicarme en el libro, enfrenta esos mundos de afuera y de adentro, en la búsqueda de ese ser que quiere permanecer y que se le hace posible, solo a través de la palabra del poema:

Por retener el canto
me enfrento a la orilla filosa de la ausencia,
al miedo, a la palabra nunca, al ayer, al hoy,
a mí y a todos.
Por retener el canto
repito insomne la palabra siempre.
Despierto, abro las manos, me levanto,
atesoro la magia de estar viva,
doy gracias y perdono
y creo.

Por retener el canto, escribo.
No importa qué ni cómo.
Segura de este ser y estar
porque me queda el canto.

Esa concepción de la poesía como canto es muy antigua y se remonta a la Biblia, el Cantar de los Cantares, se deja ver en las Cantigas de Alfonso el Sabio, en las cantigas de amigo, pasa por los Cantos de vida y esperanza y El canto errante darianos, encuentra espacio en los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda y lo hallamos, por ejemplo, en Episodio de primavera, de José Hierro quien nos dice que el poeta posee un don de Dios para dar a conocer con la música de la letra, en el poema, que existimos, que estamos vivos y que por lo tanto recae en nosotros el dar a entender con nuestra poesía el peso de toda una época. El poema de Hierro dirá: “Del vivir nace el cantar. / El cantar es como el vino / de sus uvas. En la copa / cae, sonoro y amarillo, / el vivir”. Y resume, terminando su poema: “Vino del cantar. Cantar / que es un nombrar escondido / de cosas que tienen patria / en mi corazón. Un rítmico / nombrar secretos de muerte / que a mí me mantienen vivo¨.

Así, de ese modo, en estos poemas, se ha de consumar y resolver este escape, esta fuga que tiene, a la vez mucho de rítmica: fuga del tiempo humano donde el asombro viene a contar cuando las cosas bellas de la vida nos encandilan con su luz, valga a cuento el amor, ya mencionado antes, amor acumulado que se encabrita y no quiere echarse al camino, se niega a dejar de ser, no quiere dejar de vivir en los besos y en las caricias, y que la poeta –milagrera, como todos los buenos poetas—convierte en vino en el poema y lo hace permanecer ya para siempre en las páginas de este riquísimo nuevo libro de Amelia del Castillo.

SALGADO, MARÍA A.- Profesora y ensayista española.
The University of North Carolina at Chapel Hill.

Isla, agua y espejos. Exilio e identidad en la poesía de Amelia del Castillo.
"ALALUZ", Año XXII-Núm. 1, Primavera, 1990.

No sería exagerado aseverar que gran parte de la historia de la cultura occidental se podría trazar ateniéndose a las distintas interpretaciones atribuidas a los cuatro elementos originales –tierra, agua, aire y fuego. Sacralizados en las sociedades primitivas (Eliade), transformados en símbolos literarios clásicos y judeo-cristianos (Eliade, Dillistone), y considerados imágenes arquetípicas del subconsciente (Jung), su simbolismo ubicuo atraviesa el campo de la literatura, en especial, según Eliade, la del siglo veinte.
No es sorprendente entonces que la poesía de Amelia del Castillo responda a su momento histórico y se valga de los elementos naturales para configurar tanto su mundo interior como sus relaciones con su entorno. Para mejor apreciar la original elaboración a la que la poeta cubana somete el simbolismo ya clásico de estos motivos literarios, quiero examinar en tres poemas claves (dos tomados del primer libro y el tercero de un poemario inédito) el uso de dos elementos asociados a lo femenino –agua y tierra– que ella emplea con gran acierto para describir la paradójica e inexpresable esencia de su yo íntimo.

El primer poemario de Castillo lleva el sugerente título de Agua y espejos. (Imágenes) y, aunque fue escrito en los años cuarenta, no se publicó hasta 1986. En este libro, veinticinco poemas en verso libre y sin título elaboran el tema del descubrimiento gozoso del amor y de la inefabilidad de la experiencia amorosa. Estos poemas aparecen enmarcados entre dos sonetos titulados “Alfa” y “Omega”, escritos en 1965, y que a manera de prólogo y epílogo, resumen tanto el temario del libro como la actitud poética y vivencial de la autora ante emociones sentidas y escritas veinte años antes. El hecho de que ambos poemas hayan sido escritos veinte años después del poemario original es lo que me ha motivado a concentrarme en ellos. Es evidente para mí, tanto que son característicos de la poesía de madurez de Castillo como que sintetizan su nueva experiencia vivencial –ocasionada por el exilio– pudiendo ser considerados una consciente meditación sobre su obra-vida.

Como el título del libro sugiere, la imagen principal del poemario es la del agua –y, en cierto sentido, su reflejo (espejo-espejismo). “Alfa”, el sugerente y conciso título del soneto inicial, simboliza por lo general el espíritu, y, como el agua, el principio de todo lo creado. Pero dentro de los los límites más modestos del libro, “Alfa” se refiere más bien a la creación de una vida, una relación amorosa, un mundo poético. La imagen central de los dos primeros versos es la del agua, fons et origo (Patterns 188) de todo lo creado y una de las más poderosas representaciones del inconsciente. Estos mismos versos sugieren también que se trata de un agua-mar metafórica cuyo referente es el mundo interior de la persona poética. Establecido el referente, la polivalencia de las imágenes sugiere no una lectura, sino varias:

¡Cómo se viste el agua de mi orilla
de la espuma más blanca! ¡Cómo vuela
la paloma del sueño, arrulla y cela,
en el pico el amor como semilla!

La ambiguedad imaginativa de la primera oración propone tres lecturas complementarias de la imagen del agua. La orilla podría ser tanto la de un agua-persona como la de una tierra-persona (isla), pero también podría ser la de un abstracto amor-agua (creación, inconsciente) que anega a la persona poética. El resto de la estrofa, y del poema, elabora el simbolismo del agua definiendo con mayor precisión los límites del yo poético. Así al referirse a la paloma (amor-espíritu) que lleva en el pico la semilla del amor, evoca la anécdota bíblica del diluvio (agua-mar en toda su fuerza de creación-destrucción purificadora) y de la paloma enviada por Noé en busca de la tierra-refugio. La analogía íntima que la paloma de “Alfa” vuela desde el mar-amor (destrucción-creación) hacia el yo-tierra que espera poder hacer germinar.

La segunda estrofa se estructura en forma de una pregunta (“¿No escuhas el reir de las campanas…?”) que otra vez de manera ambigua, puede ir dirigida tanto al lector como a otra faceta del yo, o a un amado cuya presencia insinúa la pregunta. Los versos siguientes subrayan otras variantes del agua (fuente) y del ave (jilguero), símbolo del amor y espiritualidad, para describir la alegría satisfecha de la hablante por medio de imágenes que subrayan los sentimientos de pureza (prístina fuente) y felicidad (reir de las campanas, trinos del jilguero) que “anidan” en su alma, abriendola al amor y a la reflexión.

Concluida su exposición en los cuartetos, los tercetos cantan al amor, abiertamente asociado ahora al agua. En el primer terceto, la hablante busca unirse al agua-amor y al amado (sugerido de nuevo por la imagen “hasta beber mi sed en la sed tuya” –si bien el referente de “la sed tuya” es ambiguo, por poder referirse a la “sed del agua). La hablante anhela fundirse en el agua-amor “hasta colmar el pozo (alma, feminidad) de mis brazos.” En el segundo terceto esta imagen de expectación gozosa se esfuma un tanto al asociarse el agua a un espejo (imaginación, inconsciente) cuyos reflejos cubren las huellas de un amado (¿la otra?), y cuya presencia en el texto se establece como ausencia –sólo existe el surco de sus pasos.

Las imágenes del surco y el espejo sugieren otra lectura del texto, más atrevida tal vez que las anteriores, ya que implican que la autora usa este soneto como el espacio del conocimiento de sí misma. El surco de los pasos se puede relacionar a la persona poética, pues la palabra surco remite a la semilla que en el primer cuarteto se asocia a la tierra (isla)-yo de la hablante. Además, el espejo es símbolo de la imaginación, del inconsciente y del pensamiento, y como tal, es el instrumento de contemplación de sí misma. Asociado al agua representa el mito de Narciso (Cirlot, Jobes). Por otra parte , y según las teorías de Jung, aunque la isla, evocada aquí por las imágenes marinas, puede ser un símbolo de soledad y aislamiento, también puede ser un refugio del asalto amenazador del mar del inconsciente, es decir, puede simbolizar la síntesis del inconsciente y el albedrío (Cirlot). Así, surco y espejo permiten leer el poema no sólo como un texto de exaltación del amor erótico, sino también, y especialmente, como un texto ontológico que indaga en el ser íntimo de la persona poética.

“Omega”, símbolo del fuego y de la destrucción apocalíptica, es el poema final del libro. Y como tal, aunque también se centra en las imágenes del agua y del espejo, lo hace desde una perspectiva opuesta a la planteada en “Alfa”. En “Omega” falta la celebración jubilosa y la reflexión esperanzada del primer poema, en su lugar se impone una visión acongojada, provocada al parecer por la angustia existencial de la hablante. La primera estrofa es representativa del tono general del soneto:

Agua y espejos el amor. Acaso
un estrenado juguetear de brisas
germinándonos sueños entre risas
y entre risas doliéndose el payaso.

Nótese que el espejo, símbolo ambivalente de reflexión introspectiva, pero también de artificio y falsedad, sólo se usó en “Alfa” en el último terceto. Pero en “Omega” aparece desde el primer verso, insinuándose así desde el principio el motivo del doble y la desconfianza hacia la duplicidad del entorno. La dualidad se acentúa al leer el último vocablo –el adverbio de duda “acaso”– con el que se introducen dos imágenes propuestas como análogas al amor. Ambas imágenes resultan engañosas ya que que el risueño “juguetear de las brisas” y el encantador “germinar de los sueños entre risas” se comparan en el cuerto verso al payaso, otra figura mítica (opuesta a la del rey) que representa la falta de poder (Cirlot) y que esconde el dolor tras de la risa.

En el segundo cuarteto, la hablante se dirige al pasado (¿al amor?, ¿a su otro yo?, ¿a los recuerdos despertados por el libro recobrado?) que se le aparece por un sendero de espejos, ya sin prisas y con la angustia “embridada”. Pero el pasado no se detiene, sino que pasa de largo, dejándole tan sólo el roce del contacto. La imagen de la brida, usada para referirse a la falta de angustia del pasado, trae a la mente la del caballo, animal de símbolo complejo que pertenece al mundo del instinto y, por lo tanto, al del agua y el inconsciente (Cirlot). Este “caballo” de los instintos se mueve además por un engañoso camino de espejos que evoca en el lector la pesadilla de una vida en la que ha sido difícil establecer límites y separar lo vivido de lo soñado –la verdad de la mentira.

El primer terceto empieza con una repetición casi literal del primer verso (“Agua y espejos el amor. Parece”). En ambos versos, el encabalgamiento produce una pausa intrigante, pero en el segundo caso, la aparentemente inofensiva substitución de “acaso” por “parece” cambia el sujeto del discurso, haciéndolo recaer ahora sobre la circunstancias presentes de la hablante, quien sugiere no ser ya la misma que escribió el libro veinte años atrás: “en mi jardín (tierra) inédito florece / la rosa el olvido”.
Ahora bien, la hablante también es consciente de que la distancia en el tiempo y en las nuevas circunstancias físicas y síquicas no han logrado borrar las diferencias. La angustia y los instintos siguen siendo los mismos y eso la asusta. Su miedo lo sintetiza en otra imagen hípica en la que el yo poético fustiga al caballo-miedo haciéndolo desbocarse hasta la meta. “Omega” es pues lo que su título indica: un fin apocalíptico, si bien su revelación es humildemente personal y poética. La hablante acepta, aunque la asusta, que a pesar de las diferencias de grado, fue, es y será la misma. Sólo la muerte pondrá fin a su sentir angustiado.
Paralelos sentimientos y paralelos símbolos es dado hallar en todos los poemario de Castillo, incluído Agua…

De hecho, su obra se inscribe dentro de la rica polivalencia del simbolismo –poesía lírica e intimista por excelencia– difícil por lo tanto escoger textos que no exhiban las distintas gradaciones de su mundo interior. Pero a pesar de ser difícil escoger, voy a arriesgarme a hacerlo, mencionando algunos poemas que considero esenciales para conocer la evolución de su mundo poético y su creciente fe religiosa. En Agua… (1986) destacan, el número X –un canto a la experiencia de la maternidad– y el XXI – una indagación en la esencia del ser. En Urdimbre (1975) “Mar cuando tú y yo…”, “Yo” y “Mi canto”. En Voces... (1978), “Peregrina”, “Otra”, “Resaca”, y “Protesta”. En Cauce... (1982), “Anochecer”, “Rumbo sur”, “Afirmación”, “ Y fue…” y “Dime, Señor”. En Las aristas desnudas, los poemas “Isla”, “Duele”, “Estoy”, “Vuelves”, “Si estoy de pie”, “En tu piedra de luz”, “Hoy sé que vivo” y “Todo el canto”.

Ahora bien, si es cierto que la obra de Castillo es homogénea por centrarse en su mundo interior, tampoco lo es menos que su vivencia de exiliada ha determinado gran parte de su visión personal. Esto es así hasta el punto de que es difícil hallar textos que no registren la doble enajenación de su destierro físico y existencial. Tal vez algunos de los poemas más originales de esta autora sean lo que conjugan ambos tipos de enajenación, por ejemplo, “Isla”, el poema de Las aristas desnudas que quiero examinar antes de concluir este breve ensayo. “Isla” puede leerse de manera autobiogáfica, es decir, relacionándolo a la experiencia vivencial de Castillo.
En esta lectura, la poeta indaga en su propia esencia asociándose a su identidad cubana. El poema, escrito en verso libre, comienza definiendo la isla en imágenes que subrayan su violación:

Isla
de madrugadas rotas
y eslabones abiertos, de verdades dormidas y mentiras despiertas.

Y subrayan también su martirio, efecto que se logra en los versos siguientes al escoger motivos (cruz, espina) asociados a la iconografia católica: “Isla / crucificada al tiempo” El binomio isla-hablante se establece a continuación, tanto al preguntar cómo arrancar “la espina / que me crece de ti,” como al aludir a la imposibilidad de deshacerse del “grito” que lleva prendido a su propia “voz”. El dolor y la angustia de Cuba, interiorizados en estos versos, le impiden hallar la expresión adecuada a un sufrimiento “que no encuentra la palabra / para decir tu voz”. Esa palabra que busca es “la sola y única /… Lanza / afilada de miedo, / de impotencia y de lágrimas.” Al faltarle la expresión, el único camino abierto es el de asumir existencialmente el sufrimiento de Cuba, con quien se hace una:

Isla,
islayer, islasiempre…
ISLAYO.

Sin embargo, terminada esta lectura del texto, me veo obligada a admitir que en ningún lugar se ha referido la hablante a Cuba. Al contrario, la imagen se ha mantenido siempre al nivel abstracto de “isla”. Podría tratarse entonces de una metáfora del yo, explicitada en el último verso; o podría tratarse también de una metáfora de la poesía y de la incapacidad para expresar sentimientos inefables; pero podría muy bien también tratarse de las tres cosas. Ya que este poema, como ocurre frecuentemente con los versos de Castillo y de los poetas de tradición simbolista, se caracteriza por su polivalencia, es decir, por su capacidad para continuar generando nuevos significados. De lo que sí no cabe dudar es del arte con que Castillo sabe remozar algunos de los símbolos más ricos de la literatura occidental. Logra con ello una poesía clásicamente original que enriquece el ya rico inventario de la poesía cubana contemporánea en el exilio.

VALLS ARANGO, JORGE.- Poeta.
Palabras de Presentación del libro Las aristas desnudas.
Koubek Memorial Center, University of Miami,
25 de enero de 1992.

Creo que esta tarde no va a tener el formalismo de un acto académico. Hay aquí, hoy, un poquito de deslumbramiento. De intimidad preciosa.
Agradezco profundamente a todos los que han venido, y no sólo por el libro de Amelia. Creo que en ciertos momentos de la historia humana, el suspender el tiempo y dedicar un istante a meditar sobre un poema es un acto de profunda y severa humildad, y al mismo tiempo de verdadero coraje. Tal vez por ese valor fundamental, por ese coraje fundamental, es por lo que este pequeño ágape tiene un sentido muy especial.
Yo confieso que no estoy en la mínima actitud para hablar de poesía. Llevamos muchos días, semanas -y venimos de eso, precisamente- en una labor muy densa y nada cómoda con respecto a la situación de Cuba. No somos ajenos ni estamos aquí sencillamente distrayéndonos. Creo que estamos severamente trayéndonos.
No tengo ya capacidad para hablar de poemas ni de literatura. Estoy demasiado apartado de todo eso desde hace mucho rato y no necesariamente por mi gusto. Sin embargo...Hablamos por teléfono, cruzamos un par de frases de muy bella identificación, y de pronto comprendí por qué, en medio de todas estas cosas del Espíritu Santo, alguien iluminaba a Amelia para que fuera hoy, precisamente hoy, la presentación de su libro.

Vamos a intentar hablar de buen verso. Hablaba con el Maestro Florit hace unos momentos y le decía cuán harto estaba yo -y me imagino que buena parte de la humanidad- de asistir casi constantemente a la majadería y a la malacrianza convertida en pretensión de arte; al pretexto de evadir cualquier responsabilidad del hombre, cualquier realidad del espíritu, con un pretendido peregrinaje intelectual. Más o menos la construcción de un andamiaje de oquedades y, sobre todo, de ausencias y de indiferencias.
Hacía falta que saliera un libro que uno pudiera llevar consigo. Recuerdo que un día, siendo un adolescente, me dijeron que el Ministerio estaba dando un libro de poesía. Era nada menos que el libro de Julián del Casal. Lo conseguí, lo tenía conmigo y un día me lo encontraron debajo de la almohada. Hubo un poco de burla por eso de "tener un libro de versos debajo de la almohada". Creo que cada uno de nosotros ha andado, en algún momento de su historia, con un libro de versos. Lo tuvimos en los momentos más difíciles: un poco Miguel Hernández, Rafael Alberti, mucho Lorca; y Martí. Siempre Martí.

Yo recuerdo una noche de exilio, en 1954. Estábamos en el cuartucho de una pensión en México un puñado de exiliados iberoamericanos: colombianos, mexicanos, cubanos... Y tarde en la noche cogimos un libro de Martí. Veinte años, todas las pasiones adentro, en una pensión que casi no pagábamos porque cada cual pagaba a su manera... y leyendo versos de Martí.
Muy tarde en la noche leímos el artículo "Con los pobres de la tierra", y quedamos con el libro abierto. Sin decir nada. Yo creo que fue un acto profundamente viril. Y uso el término viril en su sentido raíz: de virtud, de fuerza, de nervio, de capacidad de vida.
Con la poesía se convive. Necesitamos ir al lado del verso. Un proceso histórico que no tenga poetas, que no tenga un librito que pegar al pecho, que se lea en las madrugadas, no sirve. Está sucio, está malo. Una gente que anda por el mundo pensando que la poesía es un entretenimiento, una distracción, una cosa más o menos grata, anda mal. Seguro que anda mal.

Voy poniéndome un poco cargado. No es el momento para que yo esté muy ligero. Ni el libro de Amelia es ligero en lo más mínimo. Puedo decir que es uno de los libros más profundamente nervio y espíritu que he leído en un buen rato. Y no lo voy a juzgar literariamente. Creo que es muy bueno, muy entero, muy serio. Creo que Amelia logra un libro que no tiene tiempo; que podía haberlo escrito Garcilaso, Miguel Hernández, Martí, José Mármol... Alguien que en un momento dado tomó en serio la existencia.
Así, yo no podría decir que el libro de Amelia está ubicado en una corriente literaria de tal momento, de tal época. Hacer historia de la literatura es una manera de matar la literatura. No existe la historia de la literatura. Existe la literatura que casualmente ocurre en el tiempo. No es que la literatura refleje el tiempo. Hay un instante en que el verso es simplemente la existencia, lo que rompe el tiempo y marca el signo. Yo no creo que el Rey David sea un poeta de la escuela del año 1000 antes de Cristo. Yo creo que es, simplemente, "De lo profundo te invoco, Señor, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi plegaria...".

Yo creo que el libro de Amelia, si no se llamara Las aristas desnudas se podría llamar: "De lo profundo te invoco, Señor, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi plegaria. Te espero como el centinela espera la aurora..." Hay un poema que habla del centinela, e indudablemente es la voz de David la que se repite constantemente... No, no se repite; es. Está presente en la dimensión. La vida tiene sentido porque un día Dios, que no tiene tiempo, entró en el tiempo. La vida del hombre tiene eternidad porque un día el que es eterno y no necesita del tiempo padeció el tiempo. Por eso es tremendo encontrarse en medio de un poema cosas como éstas:

Vienes, te salude mi fe
Gracias por el regalo de la vida y la sabia promesa de la muerte
En tu puerto de luz quemo mis naves
Tomo mi cruz sin intercambios

Una cita de Octavio Paz: "Todo se pone en pie para caer mejor". Y de Amelia: "Si estoy de pie es porque me levanto/ porque me empino más allá/ de mi asombro y mi estatura".
Me encanta hablar de Amelia y utilizar un texto de Octavio Paz. Porque el verso no pertenece al poeta únicamente. El poeta casualmente lo dice. Yo creo que el poeta es un "medium". Es un "medium" del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo contiene en sí al Creador y a la criatura. Es el agua y el puente.
Entonces, cuando Amelia escoge de toda la obra de Octavio Paz: "Todo se pone en pie para caer mejor", es ella la que lo está diciendo; y el verso es independiente de Amelia e independiente de Octavio Paz para ser simplemente: signo, persigno.
Y otra cita. De Jorge Guillén: "Y nadie se despide de sí mismo". Nadie puede despedirse de sí mismo. Así, el arte existe porque el ser humano sabe que no puede despedirse de sí mismo. Si hubiera muerte, ¡que cómodo sería! Si hubiera fin, si hubiera disolución, ¡qué cómodo, qué fácil sería!

Cuando me puse a escoger poemas de Amelia, encontré que era muy difícil escoger un poema, o una serie de poemas, o unos cuantos poemas. El libro está marcado en cuatro partes. Vórtice, Crepitaciones, Palabras, Levitación. Me lo he leído un puñado de veces. Confieso que a veces no sé si soy yo el que lo está escribiendo. Y es, simplemente, que el poeta, cuando es en serio poeta, produce ese misterio.
El libro tiene una unidad extemporal. Por una razón especial, en algún momento, mi madre, cuando ya no tenía ojos para ver el mundo, decía: Yo quiero irme para mi casa. Y dice Amelia:

No sé por qué
me asalta el afilado deseo
(quiero irme a casa)
de irme a casa
a mi casa.

Esta no es una poesía lamentosa; no es un libro de lamentaciones. Aquí no hay nada debilitado, nada suave. Aquí no hay nada amanerado, aflojado. No, no; esto es nervio. Esto es nervio muy, muy en serio. Amelia no se permite el lujo de las flojedades, de las debilidades. Por eso, su poema Estadísticas quién sabe si es la mejor crítica a la pretensión de cultura en la que se ha enejenado la humanidad:

¿Quién la vistió de escamas y coronó de espinas?
¿Quién decretó el castigo?
Le pregunté a la piedra,
al polvo, al cauce duro, a la mordida,
a la ciudad, a sus hombres, sus duendes, sus lagartos,
a sus piedras, sus muertos, su fuego, sus cenizas...
Y confesaron todos sus culpas a latidos.
Todos menos los hombres: afanados en asentar
-cuidadosa, estadísticamente-
lo que piensan y comen y andan y desandan
las hormigas.

¿Se dan cuenta de que el verso habla por su cuenta? ¿De que no hay comentario? ¿De que no vale la pena intentar el comentario? ¿De que sería ridículo el comentario?

Yo creo que hay algo misterioso en la capacidad de crear un ser, o mejor dicho, de facilitar el trance de un ser al conocimiento de los demás. ¡Ay, este personaje! Este Lázaro... El gran hermano, el gran símbolo del tiempo.
Hay un Lázaro cuya existencia no está confirmada por nigún libro, por ningún texto, ninguna dirección, ningún testigo. Simplemente un mendigo que comía de las sobras de la mesa de los ricos, y a quien lo perros venían a lamerle las llagas. Un privilegiado mendigo que entró en el reino de los cielos. Y hay un Lázaro cuya existencia se confirma históricamente, que fue Obispo de Marsella y a quien las gentes iban a ver y a oler. El Lázaro a quien Cristo resucitó después de cuatro días. A mí siempre me perturba pensar que sean el mismo; que sean uno el Lázaro mendigo y este Lázaro cuya existencia es confirmable; el que está en los templos; del que tenemos datos y hasta sabemos de los lugares por donde anduvo y de los testigos que lo vieron. El que estuvo muerto cuatro días y resucitó y conservó la peste hasta que se cumplió su tiempo.
Creo que Lázaro es el símbolo de nuestro tiempo, acaso porque nunca los hijos de Lázaro el mendigo han estado tan abandonados como en la actualidad. Acaso porque nunca han sido tan burlados, tan escarnecidos los Lázaros que andan por las calles de todas las ciudades del mundo. Los Lázaros que somos nosotros. Los Lázaros que son nuestros parientes, o hermanos, o amigos. ¡Y esa pretensión tremenda de que al otro, al resucitado, hay que matarlo! Reuerden que la cosa más terrible de la Escritura es que a Lázaro, después de resucitado, quieran matarlo.

Y este poema de Amelia:

Tenía la ansiedad del viento
que aúlla sobre un mar agigantado
y la inquietud del miedo
(el miedo tuyo y mío y el de todos).
Tenía la orfandad sin nombre
que no puede gritar porque ya es grito,
que no puede llorar
porque ya es lágrima.
Tenía
por los ojos milenios desvelados,
arenas en la risa,
y en los dedos estrellas y plumones.
Tenía
larga espera en los labios,
y en las plantas raíces trepadoras.
Un día le dijeron
LEVÁNTATE.
Yo sé que sigue andando.

Y en este otro poema, una pregunta:

Por qué no me preguntas por la esquiva
palabra-mariposa del poeta?

Cuento unas anécdotas: Yucatán. Voy a una ciudad antigua. No sé bien el camino. Voy en una tartana, de esas que ruedan por unos raíles estrechos. Delante de nosotros, una preciosa mariposa negra como si nos fuera guiando. Oriente. Cuba, 1963. Voy haciendo mi camino hacia un lugar también muy antiguo. Acaso el lugar donde se encuentren los vestigios más antiguos del ser humano en Cuba. En el horizonte, la terraza de Maisí. Hago el camino sin saber cómo llegar. Donde se bifurca el camino, una mariposa blanca aparece y decide por mí. Yo la sigo.

Y regreso con dos sonetos deliciosamente descoyuntados en la tipografía:

Vino
rozándome el silencio,
vino
fatigada de soles, harapienta,
las manos grandes, la raíz sedienta,
amansados los ojos del camino.
Vino de noche,
desde el miedo, vino,
como el hambre del pobre: macilenta,
como la espina
que al hincar se asienta,
como el naipe marcado del destino.
No extrañé su llegada. Fue andamiaje,
velamen, geografía para el viaje.
Fue la voz
que ensordece de tan muda.
La recibió el umbral
de mi sonrisa
y sin quejas, sin ruidos y sin prisa
se me abrazó la soledad desnuda.

Todo el canto
del mundo se deshizo
por mi izquierda de luz y mariposas,
todo un verde indefenso
entre las cosas
hurgándome el recuerdo quebradizo.
Un gris de angustia y de condena
quiso
rociarme con sus aguas salitrosas,
una lanza, un colmillo,
unas filosas
aristas desgarrando sin aviso.
Pero un coro
de brisas y campanas
gritó su voz de luz en mis ventanas
hambrientas
de encendidos arreboles
y mi raíz
de levadura altiva
creció aferrándose a la llama viva
llenándome el jardín
de girasoles
.

Y en homenaje a Amelia suelto unos girasoles que algunos reconocerán:

"Por el monte, monte, monte
van mulos y sombras de mulos
cargados de girasoles".

VERDE, JOSEFINA.- Poeta, escritora y ensayista española.

Amelia del Castillo y su Cauce.
"El Adelanto", Salamanca, España, 20 de marzo de 1983.

Hace tiempo tomé la determinación de no hacer comentarios sobre libros de poesía, pues aunque recibo un promedio de tres o cuatro al mes, que lleguen a interesarme realmente por su calidad literaria, solamentes dos o tres al año. Pero cuando llega uno de esos pocos tengo inevitablemente que romper mi propósito para no sentirme culpable del silencio, que, aunque generalmente suele ser una virtud, puede, en ocasiones, degenerar en pecado.
Hoy se escribe demasiado. Podrá no haber lectores, pero escritores hay muchos. Y si antaño no era difícil ver a un autor con sus papeles bajo el brazo en busca de editor, hoy lo es menos, sólo que el lugar que entonces ocupaban las cuartillas lo ocupa hoy el libro ya publicado, pues ahora cada uno publica por su cuenta. Lo malo viene después, a la hora de vender el libro que a veces por falta de promoción se muere de asco en casa de su hacedor , y otras por falta de calidad asquea a quien se aventuró a comprarlo y que naturalmente y en buena lógica no se arriesga de nuevo, razones unas y otras por las que van quedando pocos lectores, sobre todo de poesía.
Sin embargo ocurre a veces que compramos o nos regalan un libro de poemas que dice algo. Un libro libro que, abramos por donde lo abramos -y este es un detalle muy significativo a la hora de valorar un libro de poesía- se nos entra por la retina, alma adentro, con acentos liberadores de belleza. Y entonces no hay duda de que leemos el libro. Y de que lo conservamos y hasta lo recomendamos a los amigos. Porque hemos encontrado un tesoro, un caudal de riqueza espiritual que de alguna forma nos redime del empobrecimiento con que diariamente nos obsequia la sociedad en permanente oferta práctica de valores de aplastante mediocridad.

Tengo ante mí uno de esos pequeños tesoros. Como regalo de dioses me llegó el poemario Cauce de tiempo, de Amelia del Castillo. Como auténtico cauce de serenidades, desbordador de imágenes y poseedor de bellezas.
Hispanova de Ediciones (Madrid-NewYork) presenta este libro que reúne más de sesenta poemas. Un prólogo analítico de M. Montes-Huidobro portica con esmero el armonioso edificio poético de esta autora cubana residente en el exilio que durante años viene confirmando aquel concepto de Ortega y Gasset, de que el lirismo es una proyección estética de la tonalidad de nuestro sentimiento, pues los versos de Amelia del Castillo acusan la alta proyección de su sensibilidad que, en ésta su última entrega y como señala el prologuista "descansa sobre un acto de fe que presenta dos componentes esenciales para su consumación: de un lado Dios, del otro el poeta".
Decir que es ésta una poetisa de vuelos altos no es decir nada nuevo a quienes siguen su lírica ascendente. Para quienes no lo conozcan podemos reseñar que este libro contiene algunos de los últimos galardones recibidos por su autora en EE.UU. y en España: Premio José María Heredia de la Asociación de Críticos y Comentaristas de Arte (ACCA) 1978, USA; Premio de Poesía del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos (CEPI) 1981, New York; Premio Excelentísimo Ayuntamiento de Salamanca, 1981; Premio Peliart de Poesía, 1981, Madrid, etc.

Afirma el linguista Edward Sapin que la literatura refleja el poder de la lengua en que se escribe. Bajo este prisma la palabra de profundas connotaciones que el verso de Amelia del Castillo desarrolla en el contexto de su obra, fluye en perfecto dominio de un castellano limpio, con vocabulario sencillo, sin oscurecimientos demagógicos que para nada precisa, donde, entre otros análisis que dejo para los estudiosos de este juego llamado poesía, brota, en regresos de infancia, búsquedas y esperanzada tristeza, la potencia de dos elementos comunes en este libro: tiempo y serenidad:

Ayer hablé con Dios.
Hablamos largamente
en un blando silencio iluminado.
Él, feliz en su tristeza.
Yo, entregada y serena:
casi ausente.

Hay trasfondo de voces consagradas (Juana de Ibarbourou, Alfonsina...) en este Cauce de Amelia del Castillo al oficio personal e intransferible a la vez en la dinámica de sus poemas. Pero hay sobre todo una tal densidad que escoger en su desbordado caudal algún verso feliz es fácil, pues todos lo son. Lo difícil aquí es señalar unos y dejar los demás. Y esto, que suele ocurrir tan de tarde en tarde en cualquier libro de versos, es normal acontecer en la fórmula casi plástica de esta autora, donde el olvido, la soledad o el silencio, pasan gloriosamente iluminados por la poesía:

Me llegó por el tiempo, sin aviso, la soledad, doliéndome...

Regresar del olvido
es tener las ventanas del silencio
trapasadas de luz...

O donde las preguntas, aunque pocas, son tremendamente acusadoras en su armonía:

¿Sabes, amor, que el corazón es blanco?
¿Que hay picachos de sueños amaneciendo sombras?
¿Que es campana el silencio
y mariposa amiga la tristeza?

Y en otro poema:

¿Qué disfrazada espina te lastimó de miedo?
¿Qué torcidas razones martillaron tu angustia,
qué caminos de ausencia se te van por los ojos?

Nuestro académico Lázaro Carreter ha dicho en repetidas ocasiones que hay que salvar a la poesía. Opino que a la poesía sólo pueden salvarla o perderla los poetas. Cuando el poeta recrea con auntenticidad su lenguaje, salva y se salva. Porque posee el secreto de una fuerza extraordinaria: la palabra. Y esa armonía de canto que implica la concepción del verso en el poema, no es ni debe ser para oscurecer belllezas, sino para iluminarlas. Si toda búsqueda es valiosa, cuando su cauce es el verbo y su finalidad la poesía, no se concibe que intente la destrucción de la luz. Porque es preciso ensuciar las aguas si queremos ver el fondo, aunque tal vez sea si de lo que se trata es de reflejar nuestro perfil en ellas. En Amelia del Castillo eso no puede ocurrir; ella se refleja mejor en las transparencia serena y absorta:

No te asomes a mi ahora con tus ojos de ayer.
Siénteme gastada de caminos,
rica de sombras y de luz madura.
Sabia de vivencias, creyente, plena,
empinada, abierta, anochecida...

Para ti, lector amigo, que estás leyendo este comentario, abro al azar el libro que nos ocupa para dedicarte íntegro el poema que salga, como pago a tu fidelidad de leer hasta el final. Y se nos entran por los ojos, alma adentro, acentos liberadores de belleza. Que eso es el poeta. Liberador. Tal vez el único Liberador de algo que todos llevamos dentro y que él sólo puede rescatar. Como rescata Amelia del Castillo su cansancio, que también puede ser el tuyo o el mío:

Estoy cansada...
Con el cansancio de los mares
después de la tormenta.
Con el cansancio de la lluvia larga
y de las piedras.
Si me aleteara un pájaro en el alma
se me ahogarían trinos por las venas,
si me alcanzara el tiempo
-cachorro juguetón en mi pereza-
se tendería quieto, quieto
junto al cansancio de mis plantas quietas.

Estoy cansada...
Con el cansancio de vagar conmigo
-casi extranjera
de este cansancio sin razón ni prisa-,
con el cansancio de las hojas sueltas
que van y vienen caprichosamente
acaso sin saber que ya están muertas.
Estoy cansada
de este cansancio que es estar despierta.


© 2016 Amelia del Castillo
Diseño de Ernesto Martín